Los españoles primero (II)

La noche es cerrada y el viento frío golpea su rostro hasta casi cortarlo. Llega al hogar muy cansado, casi derrotado. Ha concluido otra eterna jornada de trabajo, pensaba que no iba a acabar nunca, pero allí está ella. Le sonríe y se besan. Ella tampoco ha tenido tiempo de parar en todo el día, en la gran ciudad no se acaba de fregar nunca.

Los chicos han cenado y ya están acostados, así que a él apenas le queda un humilde plato para calmar al león que ruge en su estómago. Se miran, conversan, incluso son capaces de reir desde ese hogar con paredes de hojalata. Son jóvenes y tratan de ver la botella medio llena, pero son conscientes de las dificultades. Atrás quedó el largo viaje, en el que pensaron que escapaban de un pasado de miseria para alcanzar un futuro de prosperidad, pero la realidad está hecha de una materia diferente a los sueños. Nadie dijo que fuera a ser fácil y ellos están dispuestos a pasar por encima de los obstáculos más altos jamás imaginados.

Aunque lo más duro son algunos desprecios. No acaban de sentirse integrados a pesar de llevar ya tres años aquí. Sólo tratan con gente de su país que se encuentra en una situación semejante. Las personas de aquí les tratan con desprecio, les miran por encima del hombro, les excluyen en sus barrios inundados de precariedad y pobreza porque aquí, en el Buenos Aires de mediados de los cuarenta, los españoles, obviamente, no son lo primero.

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