Fútbol y política

Futbolista haciendo política

Cuando publicamos las entradas sobre Mourinho, en los comentarios comenzamos una discusión sobre hasta qué punto había política en el fútbol. Para mí, resultaba evidente que el fútbol está lleno de política. Y esto es así por una sencilla razón: el fútbol es, mucho más que un deporte, un hecho social. Lo siguen millones de personas en todo el mundo y, por lo tanto, entre millones de personas siempre, pero siempre, hay un montón de actitudes, opiniones, símbolos o activismos políticos. Cuidado, porque me refiero al fútbol como un hecho social y no al deporte en general.

Hay un montón de ejemplos del fútbol como hecho social. Que España ganase el mundial hizo que miles de personas saliesen a la calle, mucho más que casi cualquier manifestación política. El Madrid-Barça de la semana que viene es un acontecimiento que auna en miles de personas los prejuicios y disputas de las naciones de la península. Que Sudáfrica organizase el mundial fue todo un acontecimiento social para África con múltiples consecuencias políticas y económicas. O pregúntale a Cruyff si el Mundial de Argentina al que no fue no era un fenómeno político.

Y, ¿esto es malo? Vivimos en una sociedad que huye de la política. Cuando alguien dice que algo es político o le quiere sacar una consecuencia política a un fenómeno, siempre surge alguien que quiere despolitizarlo. Las razones son múltiples, y seguramente dedique otra entrada a intentar entenderlas, pero ahora me interesa simplemente plantear lo político del fútbol como algo bueno.

La política, afortunadamente, es mucho más que los políticos. La política también es hacer música de una determinada manera, unos trabajadores que recuperan una fábrica cuando ésta cierra o un grupo de aficionados que, el día de la huelga general, van a hablar con los jugadores de su equipo para que, ellos también, hagan la huelga.

Y esto es bueno. Es bueno que se use cualquier aspecto de la vida, y también el fútbol, para hacer política. El fútbol puede ser un acontecimiento perfecto para el feminismo, si empezamos a visibilizar el fútbol femenino; o para el antifascismo, si empezamos a combatir el racismo con fútbol.

El fútbol es un hecho social que, como tal, se inserta en los procesos sociales y como cualquier otro, es capaz de modificar estos últimos en un sentido u otro, el que sea. De ahí que, como ya dijimos alguna vez, el fútbol sea un buen instrumento también para hacer la revolución.

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