El fascismo que viene (II)

Esto, por sí solo, no es democracia.

El fascismo que viene siempre está a la vuelta de la esquina con sus dientes afilados y su aspecto de adorable corderito. La democracia es un punto de partida, no la llegada de la etapa. Nuestra generación nació dentro de la democracia y siempre nos han llenado los oídos con palabras condescendientes hacia ella. Las generaciones anteriores venían de un mundo en blanco y negro, en el que cualquier atisbo de color resultaba atractivo, por eso siempre vestían a la democracia de bellos adjetivos. Esos adjetivos nos han instalado en el conformismo.

En las democracias conformistas ocurren recortes sociales, rebajas de sueldos, congelaciones de pensiones, pérdidas de derechos por parte de los trabajadores, rescates de bancos privados con el dinero de todos, ¿os suena de algo?

La democracia es como un juego de soga. Nosotros elegimos si tirar hacia un sistema en el que participemos todos, que se construya con las aportaciones de todos y en la que todos estemos incluidos o si tiramos hacia el conformismo en el que la oligarquía económica construye la democracia a su imagen y semejanza dejándonos las migajas de derechos y libertades. Como no se construye una verdadera democracia es votando cada cuatro años y sentándonos en el sofá. Ese sofá es el que alimenta el fascismo del que habla Jose.

El camino que recorre el fascismo es tan fácil como levantar la voz. La alternativa es más complicada porque requiere informarse, documentarse, argumentar, escuchar, aprender,… Nadie dijo que fuese fácil pero también es mucho más apasionante y enriquecedor, ¿y el gusto que da enterrar a un fascista en argumentos?

El fascismo se abre paso entre el conformismo, entre el “eso no vale para nada”, entre el derrotismo, entre la ignorancia, entre el “todos los políticos son iguales”. De esa jungla confusa de resignación salen los Berlusconi, los Le Pen, los Bush, los Aznar. Por todo eso hoy no me apetece gritar. Hoy les voy a hablar a los fascistas bajito y despacito para que me entiendan bien. Para que sepan que siempre nos van a encontrar de pie con nuestros cañones llenos de alegría, de argumentos y de ganas de luchar por una verdadera democracia.

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    • marcos

      No creo que esta democracia sea fascista. Hay que ponerla en su sitio para analizarla. Es heredera de un régimen fascista y tiene sus reminiscencias, pero en la actualidad, creo que está en nuestras manos hacia donde llevarla. En cuestión de derechos y de libertades no es fascista, pero a nivel económico, diciéndolo muy suave, es de dederechas.

  1. Mellow

    Me han gustado vuestras reflexiones. Especialmente interesante ha sido la de Jose, que explica el caldo de cultivo en el que germinan estas ideas y planteamientos sociales.
    Curiosamente acabo de tener una conversación relacionada con algunos miembros de mi familia. En un lado estaban los más maduritos defendiendo este sistema como lo menos malo, repitiendo los argumentos televisivos mil veces escuchados, y salteándolos con algunas experiencias personales. Y en el otro lado estabamos dos jovenzuelos “muy críticos y poco versados” según la apreciación de uno de los maduritos.
    No voy a describir los argumentos de cada uno, porque seguramente los habremos escuchado todos en alguna ocasión. Sólo quería expresar mi preocupación por la tremenda dificultad para entendernos, a pesar de ser familia y hablar el mismo idioma. Unos se burlan de los otros porque consideran que sus argumentos nacen de la ignorancia, del resentimiento injustificado y de la excesiva comodidad que disfrutan en su vida. Los otros no escuchan a los unos porque les ven conformistas, alienados y vencidos, incapaces de reconocer su derrota en la vida.
    Y sí, se levantaba la voz, se saltaba de un tema a otro sin acabar de razonar correctamente y todos nos hemos ido de allí más seguros de nuestras posturas y entiendo menos aún a los demás.
    Ahora mismo me da igual quien tenía la razón, aunque puedo conceder una parte a cada grupo. Pero me habeis abierto los ojos sobre el peligro de estas situaciones. Hay muy pocas personas con la humildad necesaria para reconocer los argumentos de los demás, no digamos ya cambiar de opinión aceptando que estabamos equivocados. Vosotros, que sois más listos que yo, ¿cómo podemos transformar esos gallineros improvisados en un espacio saludable de debate que nos enriquezca a todos? ¿Cómo podemos conseguir un diálogo constructivo entre partes tan dispares?
    No se trata de quién tiene razón, sino de entender el punto de vista del otro. ¿hay una solución factible, o estamos condenados a oír sólo al que más grita? Necesitamos una manera de ponernos de acuerdo humildemente, de hacer democracia de verdad. Sin sentirnos atacados personalmente cuando cuestionan nuestras ideas.
    En fin, hoy vengo con muchas dudas, a ver si podeis ayudarme.

    • marcos

      Nosotros no somos más listos que nadie, y no tenemos más certezas de las que pueda tener cualquiera. De hecho, el blog no es más que una forma de plantear nuestras propias dudas. Las dudas que planteas tú también me asaltan a mí muchas veces.
      Durante las Navidades se dan las adorables comidas de familia, en las que se producen las edificantes conversaciones de política. En esos momentos te puedes observar defendiendo posiciones que realmente no compartes, aunque sólo sea por oponerte a un rebaño de ideas aborregadas. Todos las hemos sufrido en infinidad de ocasiones. La clave a las preguntas que planteas seguramente sea ESCUCHAR. En ese tipo de conversaciones la gente no está dispuesta a escuchar, sino que cada uno estamos dispuestos a soltra nuestro argumentario de cabecera sin escuchar a nadie. Escuchando se resolverían muchos problemas. Escuchando y respondiendo a los argumentos del otro y no soltando los nuestros sin más. Lo que pasa es que cuando la cosa se embarulla y nadie te escucha te cansas de escuchar a gente que no escucha y se vuelve a la espiral del diálogo de besugos. Y con la vuelta al diálogo de besugos se vuelve a la lógica fascista de la que hablaba Jose de escuchar más al que más grita. Escuchar y argumentar es mucho más difícil que gritar, pero también es la mejor forma de derrumbar el castillo de naipes sobre el que se apoya la sociedad actual.

  2. Pingback: El (falso) sistema electoral español (II) « Sombras en la ciudad

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