Regalo de reyes (II)

No había podido dormir en toda la noche. Era todavía muy pequeña, pero era la primera vez que era consciente, más o menos, de lo que estaba pasando. Por el resquicio de la puerta de su cuarto podía ver el árbol, iluminado por un reflejo que entraba desde la calle a través de la ventana. Había colocado la almohada en los pies de la cama y, apoyando la cabeza en ella, no dejaba de mirar al árbol.

Le había impresionado el silencio solemne de la casa, interrumpido solamente por irregulares ronquidos procedentes del cuarto de su abuelo. Ella, que llenaba todos los rincones de la casa durante el día con sus risas y voces, era siempre la primera que se acostaba. Solía caer rendida. Pero, hoy, no había dormido. Era la primera noche de su vida que había pasado en vela y, aunque simplemente había estado tumbada en la cama mirando hacia el árbol, estaba disfrutando. Una ilusión como la suya (ver y conocer a los reyes magos) era suficiente para llenar de nervios felices cualquier tediosa espera.

Cuando estaba a punto de cerrar los ojos del cansancio fue cuando oyó el ruido. Salió corriendo de su cuarto. La mezcla de nervios, ilusión y alegría la empujó al salón a tal velocidad que casi se marea. Pero allí estaba. La sorpresa fue mayúscula. En lugar de tres reyes cubiertos de oro y ropajes, estaba su abuelo. Sí, su abuelo. Ese abuelo que pasaba las horas sentado en una butaca con la mirada perdida en la nada. Ese abuelo que apenas jugaba con ella. Ese abuelo que, lo más que hacía, era acariciarle de vez en cuando el pelo, con una sonrisa extraña. Ese abuelo que ahora estaba dejando un paquete en el árbol. Un paquete no muy bien envuelto y con una forma extraña.

-¿Qué haces, abuelo?

-Es un regalo para vosotros dos hija. Este año los reyes os van a traer esperanza.

-¿Qué hay dentro del paquete, abuelo?

-Ya te he dicho que es una esperanza. La esperanza de que tú y tu hermano podáis vivir en un mundo justo. En una sociedad que respeta a las personas y que no permite que un grupo de gente malvada se enriquezca haciéndote pobre. La esperanza de que podáis viajar por el mundo sin sentir vergüenza del lugar donde nacisteis, porque no es nunca más un erial de egoístas y envidiosos que encumbran al ignorante y hunden al honesto. La esperanza, en fin, de que este mundo sea vuestro.

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