Por qué me gusta el Carnaval (II)

No me gusta el Carnaval porque se acaba. Porque desde que nos quitamos el disfraz desaparece la alegría. No me gusta el Carnaval porque después de él todo es más gris, porque cuando no es Carnaval, todos volvemos a tener las mismas caras: grises y aburridas, envejecidas como están por lo grises y aburridas que son nuestras vidas.

No me gusta el Carnaval porque no dura siempre. Porque es algo momentáneo, es algo que igual que llega se pasa. No me gusta el Carnaval porque cuando lo hemos hecho nuestro, cuando hemos hecho nuestra la fiesta y la alegría, nos la quitan. No me gusta el Carnaval porque, cuando nos han quitado la fiesta y la alegría, no permanece más que en el recuerdo. El recuerdo de los momentos, de las caras, de las risas, de lo bebido… de lo vivido.

No me gusta el Carnaval porque me recuerda que la alegría nos la han robado. Me recuerda que sólo cuando nos llenamos de máscaras, sólo cuando hacemos nuestra la calle y la llenamos con nuestras risas, nuestros bailes, nuestros cantos, la alegría vuelve a nosotros.

Por eso no me gusta el Carnaval, porque sé que cuando se entierre a la sardina los curas y los alcaldes nos van a robar la alegría para recordarnos que no estamos en esta vida para decirles las verdades, para reírnos, para ser ingeniosos, para beber o para cantar.

Pero, entonces, ¿para qué estamos?

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