¿#graciasZP? (II)

Es de bien nacidos ser agradecidos, y no voy a ser yo el que no le de las gracias a ZP. Hay tres cosas en las que, de una manera u otra, ZP ha hecho las cosas más o menos bien. La primera de ellas es la televisión pública. El simple hecho de quitar la publicidad o de convertir la televisión pública en algo que (salvo algún programa de La 1) no dé vergüenza ajena por su manipulación y ranciedad es algo digno de alabar. Por otro lado, a través de la reforma del Código Civil que permitía el matrimonio entre personas del mismo sexo, el gobierno visibilizaba un asunto que el nacional-catolicismo congénito español negaba, como es la existencia de personas que (¡oh, horror!) aman y sienten de otra manera y no con el objetivo único e irrenunciable de procrear.

Pero, aún con esto, lo que más podemos agradecer a Zapatero es que nos ha permitido ver las cuerdas con las que el franquismo dejó esto atado y bien atado. Efectivamente, los intentos de reforma que ha llevado a cabo ZP, han dejado bien claro cuáles son las líneas rojas que el régimen del 78 no permite traspasar: la indisoluble unidad de España y todo lo que ella conlleva (estatuto catalán, negociación con ETA, reforma del Senado de la que ya no se acuerda ni el tato); construcción de una memoria política alternativa sobre la guerra, el franquismo y la transición (la Ley de Memoria Histórica, que fue algo así como un coito interruptus o el procesamiento de Garzón dejando bien claro quién manda aquí); España como la reserva espiritual de Occidente (los propios matrimonios homosexuales, cruzada antifeminista emprendida por los “hombres de verdad” de la derecha a raíz de la Ley del Aborto y de cualquier avance progresista en la igualdad de género).

En estos temas, cualquier cosa que ha hecho ZP en sus siete años de mandato ha sido respondida por las fuerzas vivas como si la esencia de España (cualquier cosa que sea eso) o de la sociedad misma se fuese al garete. Lo peor de ZP ha sido, precisamente, que se ha vuelto atrás; se acobardó en vez de sacar pecho con valentía y ambición, explicando las cosas y “cueste lo que cueste” (como dijo en mayo con los recortes sociales) elaborar un programa de reformas del régimen, una especie de segunda transición que pusiera los cimientos de una democracia avanzada en este país, no para alcanzar el socialismo ni algo parecido (económicamente hablando, ZP no hizo más que recoger los frutos que sembró el PP desde el 96, sin cambiar absolutamente nada y jactándose de lo buenos que eran, hasta que, a partir de la crisis, ha descubierto que los frutos estaban podridos) sino para, por lo menos, que el panorama político no sea tan decadente y triste como es ahora en España.

Lo mejor de ZP ha sido que nos ha mostrado que esto no da más de sí, que la

Atado y bien atado.

Constitución del 78 y las clases dominantes de nuestra sociedad (políticas, económicas, mediáticas) tienen muy claro cuales son los límites. Sabemos después de estos años que la alternativa política en España no puede estar en ninguno de los partidos que deglute el régimen, sino que tenemos que buscarla fuera, en los margenes de los parlamentos, de los periódicos y de las empresas. A partir de ZP tenemos la certidumbre de que la decadencia del régimen político en que vivimos solo puede ser superada a partir de la articulación de un movimiento sociopolítico que proponga un nuevo proceso constituyente que supere el orden de cosas actual. Lo mejor que ha hecho ZP, al final, es fallarnos.

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