Llagas

Conservo una extensa cicatriz a lo ancho de mi pecho que creo que me acompañará toda la vida. Las causantes de esa marca fueron la luz pirómana y horizontal del crepúsculo, la espiral omnipotente y suicida de los 16 años y una chica que no tenía corazón, pero tenía los ojos más grandes de todo el instituto.

Mantengo una breve hendidura en un brazo que me dejó la traición de un amigo. Permanece digna en su insignificancia, a punto de desaparecer, curada en olvido.

También sigue en mi cabeza la huella de una bota que me marcaron en aquel colegio insigne de educación católica y clasista. La combato diariamente con palabras y carcajadas, pero no es fácil sanar de todo ese miedo y esa oscuridad.

También permanece indeleble en mi cara la bofetada de un familiar que creyó ponerme en mi sitio. En las mañanas blancas del invierno noto un cosquilleo que me transporta a aquel golpe.

Por todo el estómago tengo pequeñas úlceras insignificantes que me causa la gente desde sus sonrisas cotidianas. Son diminutas, apenas visibles, y carecen de la profundidad en el daño de otras, pero también cuentan con la fuerza de ser inevitables.

Y dentro del pecho tengo abierta una herida afilada como su sonrisa y profunda como su mirada. Subestimé ese cuerpo ligero y jugamos en la frontera entre la amistad y el amor hasta perder los pasaportes. Cada año, con la caricia de la brisa primaveral, esa herida se me abre de dolor y se me infecta de recuerdos.

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