Llagas (II)

Dice la Biblia que cuando Jesucristo resucitó y se mostró ante sus Apóstoles, hubo uno que no le creyó. Cual escéptico contemporáneo, Santo Tomás necesitó ver y tocar las llagas de su Mesías, pues sin ese contacto no confiaba en estar ante un hecho cierto, que un hombre había resucitado al tercer día demostrando ser el hijo de Dios. Ni siquiera sus ojos le bastaban como prueba, y necesitaba que fuese el tacto el sentido que le confirmase lo que sus crédulos compañeros celebraban.

Y es que hay veces que nos cuesta asumir las llagas de los demás. Nos las cuentan, nos explican sus orígenes, nos hablan de aquella chica de los 16 años, de aquel amigo traidor o de aquellas mentiras imborrables, y preferimos no creer. Preferimos asumir que la fachada de los demás es la realidad. Que la imagen que hemos creado, que el dibujo de la otra persona que hemos pintado en nuestra cabeza es la verdad. Porque esto nos hace la vida más fácil. Porque esto no nos pone ante la difícil situación de tener que conocer a los demás. De intimar con los demás. De ir más allá del más acá de nuestro día a día. Con su monotonía, con su repetición incesante de momentos intrascendentes.

También hay veces, por qué no decirlo, que nos negamos a mostrar nuestras llagas. Que la herida sangrante que nos recorre el cuerpo, la que nos muestra tal y como somos (y fuimos, y seremos) la ocultamos con todas nuestras fuerzas. Hay muchas veces, hay que reconocerlo, que ocultamos la realidad doliente de nuestra existencia. Esa realidad llena de llagas: de las chicas, de los chicos, de los golpes, de los otros.

Al final, entre unos y otros, nos negamos a vivir de verdad. Nos negamos a mostrar las llagas sin miedo. A hablar y contarnos lo que hemos vivido, lo que vivimos y lo que queremos vivir. Nos negamos a compartir intimidad, a compartir sentimientos, a compartir sentidos. Y así, llenamos nuestra vida de mentiras o medias verdades. De momentos bellos que afeamos con nuestro miedo. Así, vivimos torturados por nuestras llagas, por nuestras pequeñas miserias íntimas, sin darnos cuenta de que la única manera de parar esa tortura es compartirlas.

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