Politeia

Hace más de dos mil años, en un rinconcito del Mediterráneo, Aristóteles, que nos imaginamos barbudo y con túnicas, se dedicó a, entre otras muchas cosas, describir y pensar sobre los modos de gobierno.

Una de las cosas que hizo dentro de esta reflexión y, seguramente, por lo que más se le recuerda es por su clasificación de los sistemas de gobierno en función de dos variables: los que mandan y para quién mandan. En este sentido, establecía tres formas de gobierno (monarquía, manda uno; aristocracia, mandan unos pocos, los más virtuosos; politeia, mandan todos o la mayoría) que degeneraban en otras tres cuando dejaban de atender al beneficio de la mayoría y atendían al suyo propio (tiranía, el rey gobierna en su beneficio; oligarquía, unos pocos gobiernan para sí mismos; democracia, las mayorías sociales no respetan a las minorías y gobiernan en función de sus pasiones). Más allá de las discusiones teóricas e históricas sobre esta clasificación, me apetece utilizarla para pensar algo que está ocurriendo estos días en las tierras de Aristóteles.

Como cuenta hoy Rosa María Artal (clic en la imagen) Amancio Ortega está decidiendo cómo colocar un Zara en el Partenón.

Como sabemos, la Unión Europea va a hundir un poco más a Grecia de lo que ya está a través de esa metáfora del expolio que llaman rescate financiero. Las excusas ya nos hemos acostumbrado a escucharlas. Parece ser que Grecia no puede asumir las deudas que ha contraído con los bancos alemanes y franceses (alias “los mercados”) y, por lo tanto, los generosos gobiernos alemanes y franceses (y el resto de monaguillos) van a adelantar algo de dinero para que afronte esas deudas.

A cambio de este acto de solidaridad el gobierno griego tiene que tomar una serie de medidas que les aseguran no salir de la crisis, no poder pagar nuevas deudas, una fractura social de larga duración, más desempleo, menos derechos, peores servicios (en definitiva, una vida peor) pero que, eso sí, aseguran que los dueños de los bancos y demás gente de mal sigan aumentando su tasa de beneficio.

Si Aristóteles resucitase llegaría a la conclusión de que vivimos en una oligarquía. Efectivamente, gobiernan unos pocos. Estos pocos no son una aristocracia porque no son los más virtuosos sino todo lo contrario, son gente de una bajeza moral comprobada (Strauss-Khan, especulación con alimentos en un planeta donde mil millones de personas no saben si van a poder comer al día siguiente,…) que, además, gobiernan en función de sus propios intereses. Y sólo tienen un interés, aumentar o mantener su tasa de beneficio.

Frente a este modelo, Aristóteles, como buen aristócrata que era, propondría que deberían gobernar unos pocos, los mejores, pensando en la mayoría. Aristóteles no era un demócrata, él pensaba que la politeia era una régimen que degeneraría en la democracia, un  modo de gobierno corrupto en el que la mayoría (que siempre es torpe, inculta, incapaz) se deja convencer por las artes retóricas de unos pocos y al final gobernarían las más bajas pasiones.

Pero, repito, Aristóteles vivió hace más de dos mil años y, como tal, es hijo de su tiempo, donde esclavos, mujeres y gran parte de los habitantes de Atenas no eran ciudadanos. Ahora, nosotros, cuando, en la mayor parte del mundo hemos conseguido el reconocimiento formal de ser ciudadanos, tenemos que reivindicar, tanto para Grecia como para todo el mundo la politeia. Una nueva democracia en la que los intereses de todos estén tenidos en cuenta y en el que la vida de la mayoría no dependa de las decisiones de unos pocos. En eso estamos.

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