Genocidio

En Walikale, ciudad de la República Democrática del Congo, han encontrado una fosa común con 59 cadáveres. Como sabemos, la República Democrática del Congo se encuentra en medio de una guerra civil interminable y de intensidad variable en la que los asesinatos masivos son frecuentes. Cada poco tiempo se encuentran nuevos restos de cadáveres asesinados durante la época más dura del conflicto.

Los actos de crueldad son recurrentes. En lo que se refiere a esta fosa, el hijo de uno de los asesinados recuerda cómo “[mi padre] no fue bien asesinado. Al día siguiente, los asesinos volvieron al sitio donde lo habían tirado, […] seguía vivo, les pidió agua. Le mearon en la cara y después le remataron […] los asesinos fueron luego pavoneándose por el pueblo de la hazaña”.

Como todas las guerras, detrás siempre hay una motivación económica. En este caso, supongo que habréis oído hablar del coltan, ese mineral que ha producido una verdadera guerra de rapiña. Es por esto que, muchas veces, la guerra se ceba con los activistas sociales o medioambientales que quieren mejorar la vida de los trabajadores y las clases populares, las que más sufren la guerra. En el caso de Walikale no ha sido distinto, según explica Jean Martin, el investigador de la Misión Especial de Naciones Unidas que investiga el conflicto: “siempre se ha dicho que en agosto del 2001 fueron asesinados 60 activistas en esta ciudad, […] algunas de las pertenencias encontradas en esta fosa apuntan a que estos podrían ser sus cuerpos”.

El conflicto del Congo es un conflicto permanente que, aunque de alguna manera apagándose, marca la vida de los habitantes del país. Y además del presente marcará también el futuro. Es por esto que, los congoleses, tendrán que rendir cuentas con su pasado en algún momento. Tendrán que ver por qué se ha producido tantísima crueldad, qué clase de degradación moral se produce para que un vecino sea capaz de mear en la cara de otro vecino moribundo.

El problema es que, además de los congoleses, también lo tenemos que hacer los españoles. Porque esto que he contado no ha ocurrido en el Congo. Esto que he contado ocurrió hace 75 años en Burgos. Concretamente en Gumiel de Izán, cerca de Aranda. Esto es nuestro pasado. Ese pasado que queremos olvidar, sobre el que no queremos hacer memoria porque sabemos que es vergonzoso. Todas las citas, con modificaciones, están sacadas de un artículo que ayer publicó El País.

Y esta vez no es de un país lejano con gentes que no comprendemos. Esto lo hicieron gentes como tú y como yo. Tú y yo podríamos ser o el meado o el que meamos en la cara. Así que en algún momento tendremos que sentarnos e intentar entender por qué sólo en la franja de la Ribera del Duero murieron asesinadas 700 personas en el verano del 36. Porque es nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro.

  1. gurs

    no es posible dejar pasar por mas tiempo esta reparacion moral de las victimas de la barbarie politica, en este caso y en esta tierra, perpetrada por los fascistas con ayuda en muchos casos de los curas del lugar y que tanto sufrimiento ha causado y durante tanto tiempo a los familiares de los asesinados, es necesario movilizarse “pero ya”

  2. Viernes

    Me parece un buen texto y una forma estratégica y eficaz de llamar la atención (a veces son necesarios estos golpes de efecto y cambios de perspectiva para aprender a calibrar las cosas). Ocurrió aquí.
    Me llena de tristeza, de indignación y de incomprensión. Siempre me he preguntado qué puede explicar semejante grado de crueldad y barbarie, cuando no sólo se asesina, sino que se tortura y veja…Dicen que el psicópata no entiende de emociones, no siente el daño ajeno, algunas (des)conexiones de su cerebro se lo impiden. Pero no cabe que haya tantos, algo más, algo distinto debe explicar esa forma tan inhumana de comportamiento. No sé qué es, si el odio, el egoísmo, no sé, me resulta incomprensible…
    Bárbaros son los hechos que ocurrieron y no hacer justicia es también una barbaridad. Las víctimas sufrieron aquellos hechos y no deben sufrir también el olvido. Memoria y Justicia.

    • Elena

      Sí. Es sobrecogedor. Como también me sobrecoge pensar que sólo nos conmovemos con estos hechos extraordinarios y no somos capaces de reconocernos en pequeños gestos cotidianos. Buscar razones no ayuda: el ser humano es así, somos capaces de indignarnos ante la injusticia y cometer pequeñas injusticias cada día. ¿Cuántas veces no habremos matado a alguien sin querer? (no hablo de una muerte física, sino de ese matar pequeño que significa olvidar a alguien, engañar a alguien, decepcionar a alguien). Sí, ya sé, no son comparables, pero en nuestro día a día cometemos minúsculas atrocidades sin darnos cuenta, justificándonos, dándonos el salvoconducto de una justicia que sólo responde muchas veces a nuestros pequeños intereses y nuestras pequeñas mezquindades. No se trata sólo de preguntarse por qué, también habría que reconocerse a uno mismo como uno de ellos, de los asesinos, de los torturadores, de los genocidas, aunque sólo fuera en el reflejo de nuestras pequeñas inquinidades: nuestros engaños, nuestros abandonos, nuestros renuncios. Es fácil indignarse, erizarnos el alma con nuestra empatía y sensibilidad, pero excluirse de la posibilidad de ser como ellos en un acto de soberbia, pequeña soberbia. Los alemanes y polacos y demás protagonistas del exterminio eran personas comunes que se escandalizaban ante la barbarie (ajena).

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