Genocidio (II)

Amanece con la fresca el 20 de julio de 1936 en Burgos. Un cielo limpio de nubes avecina un calor intenso en las horas centrales de la jornada. Desde hace dos días se extiende por toda España el veneno del levantamiento militar fascista contra el gobierno republicano del Frente Popular. En un escenario de violencia creciente, Félix Ramiro sale junto a Carmen, su hija menor, del número 9 de la calle Avellanos con la intención de abandonar una ciudad que tiene más chivatos que adoquines.

Su escasa estatura y su profesión le han valido el apodo de Zapaterín. Zapaterín ha adquirido cierta popularidad en los círculos obreros locales gracias a la labor que ha desempeñado en la UGT en defensa de los derechos de los trabajadores. Es un trabajador más, un ciudadano que frecuenta la Casa del Pueblo y que no oculta su ideología socialista, aunque en los tiempos que corren esta inofensiva descripción no te permita caminar seguro por las calles de Burgos. Zapaterín lo sabe y por eso está dispuesto a salir de una ciudad sobre la que crece la sombra del fascismo.

A primera hora de la mañana un grupo de nacionales irrumpe en el número 9 de la calle Avellanos deteniendo a Cayetana y a Elena, su mujer y su hija mayor respectivamente. Al no encontrar a Félix Ramiro comienzan a movilizarse por la ciudad encontrándole poco más tarde en la carretera de Santander a la altura del barrio de Los Vadillos. Se le llevan dejando a su hija Carmen, de tan sólo nueve años, abandonada en la calle.

Ese día es el primero de los treinta que pasará detenido en el penal de Burgos. El silencio que inunda ese mes nos grita las vejaciones y humillaciones que sufrirá recluido entre esos muros.

Todavía no ha amanecido el 18 de agosto de aquel fatídico 36. Un carcelero despierta a Zapaterín y a otros seis presos que son subidos a una camioneta a golpe de culata. En las inmediaciones del antiguo crematorio bajan a los siete presos y, mientras el cielo muda su color, una ráfaga de injusticia y cobardía apaga esos catorce ojos, esos siete alientos sedientos de libertad.

El capellán del Cementerio encuentra tirados en una tierra en barbecho al día siguiente los restos de esas siete vidas arrancadas. A Cayetana y a Elena les quedan años de prisión que cumplir por cometer el imperdonable delito de ser familiares de un trabajador afiliado a un sindicato. Cuando sean puestas en libertad, comprobarán cómo ese régimen asesino que había matado a su padre y marido las había incautado las pocas pertenencias de las que disponían.

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En este relato, las sombras literarias las he puesto yo, pero las luces de la investigación histórica son del gran Carlos de la Sierra. Leí la historia de Félix Ramiro Mendoza en su obra “La Unión General de Trabajadores en Burgos”. Al César lo que es del César.

También es un homenaje para todos los asesinados en la provincia de Burgos durante la Guerra Civil. Para los ejecutados en Arija, Pradoluengo, Briviesca, Sasamón, Estépar, Gumiel de Izán, Milagros y en tantos otros pueblos. Para los presos de los campos de concentración de Miranda de Ebro, de Valdenoceda y del monasterio de San Pedro de Cardeña. Para los 3.000 olvidados en las fosas comunes burgalesas durante tantos años. Para todas las víctimas que murieron por defender hasta las últimas consecuencias palabras como libertad y justicia. Aquellos socialistas, comunistas, anarquistas, demócratas y republicanos siguen vivos en nuestra memoria. Todo esto es suyo.

Un Comentario

  1. JOSE

    Lindas sombras para un triste cuadro.
    Cuadro que es de cada uno de nosotros;que lo tenemos que tener bien guardado en nuestra memoria,para que nunca vuelva a ocurrir.
    Miles de espos@s e hij@s desgarradas de sus padres,abuelos,…;sin importar el qué sería de ell@s.
    La bestia que llevamos dentro es capaz de hacer cosas como esta.
    Mantengamos bien encerrada a esta bestia y dejemos que el recuerdo de lo que pasó en la vergonzosa guerra civil salga de vez en cuando,para no olvidar lo que NUNCA se tiene que repetir.

    Saludos.

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