La sequía asesina del Cuerno de África (II)

En torno a un tercio de toda la producción agrícola y las capturas pesqueras se utilizan para alimentación animal. Es decir, en un mundo donde en torno a mil millones de personas no tienen asegurada la alimentación para el día siguiente, dedicamos una parte importante de lo que producimos a alimentar a los animales que nos comemos en los países enriquecidos. Esto, a parte de un poderoso argumento a favor del vegetarianismo, es muestra de una cosa, de la inmoralidad del sistema social en que vivimos.

Porque el capitalismo es un modo de organización económica profundamente inmoral. En un sistema capitalista, el principio rector que organiza los recursos que satisfacen nuestras necesidades es la acumulación de capital de los actores del mismo. Se trata de acumular capital, es decir, dinero. A ese objetivo están subordinadas el resto de cuestiones.

¿Qué ocurre si el bien que está en el mercado capitalista es un bien que sirve para reproducir la vida? Absolutamente nada. Es exactamente igual, ya que el objetivo “reproducir la vida” está subordinado al objetivo “acumular capital” en nuestro modo de organización social. Por lo tanto, si diciendo que voy a comprar trigo para luego vender el contrato que dice que lo voy a comprar me enriquezco, aun a costa de encarecer el trigo y hacerlo más inaccesible para gran parte de los habitantes del planeta, ¿por qué he de parar? ¿Qué clase de ley me impide hacerlo? Ninguna, y ése es el problema.

El problema es que vivimos en un mundo que no sólo no penaliza los comportamientos inmorales sino que los fomenta. Fomenta la especulación, fomenta el robo, fomenta el asesinato. Fomenta que gran parte de los habitantes del Cuerno de África tengan que hacer frente cada decenio a una o dos hambrunas. Fomenta que no puedan ser dueños de su futuro, que dependan de otros, que no puedan cultivar su grano para ellos y como ellos lo han hecho siempre.

¿Por qué? Porque siempre estará por delante de sus vidas, de las vidas de millones de personas, el beneficio de unos pocos miserables con traje y corbata que estarán en un yate en algún lugar de algún mar precioso (¿Zanzíbar quizá, no muy lejos del Cuerno de África?), que descorchan una tras otra botella de champán, felices y ojeando alguna vez la pantallita que les dice que sus títulos en el mercado de futuros de la Bolsa de Chicago siguen subiendo. Pero llegará algún día que estos malnacidos abrirán la puerta y no estará su chófer esperándoles, sino miles de hambrientos que, llenos de odio, se los comerán a ellos.

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