La mala educación

En la Comunidad de Madrid Esperanza Aguirre va a hacer una serie de recortes en la educación pública por los que pretende ahorrarse 80 millones de euros. Según ella, la situación está muy mal y la sostenibilidad de la educación requiere estos recortes. Lo que no dice es que a través de beneficios fiscales en la declaración de la renta a las familias que llevan sus hijos a colegios concertados las administraciones públicas dejan de cobrar 90 millones.

Además, esta “campaña de recortes” viene acompañada de una campaña mediática a través de la cual se nos va a dibujar a los profesores como vagos que sólo trabajan 20 horas a la semana y tienen dos meses de vacaciones. Es curioso, porque hemos pasado de un discurso en el que se resaltaba la figura del profesor y se reclamaba más autoridad social para él (autoridad en un sentido negativo: que tuviese más capacidad de castigo) a este otro discurso que los va a presentar como los nuevos culpables de la crisis.

Cualquiera que conozca la educación pública (simplemente por haber sido educado en ella) sabe que el problema no está en la autoridad o no del profesor, sino en una educación cada vez más depauperada (intencionadamente) en la que los profesores deben hacer más con menos recursos, atendiendo a grupos de alumnos más diversos y más complejos en un entorno social que, además, premia la ignorancia. En esta situación, la educación debería ser el aspecto de la sociedad que más cuidásemos, que mejor tratásemos y al que más recursos dedicásemos como sociedad. Podríamos empezar, por ejemplo, por denominarlo inversión social, en vez de gasto social.

Pero hay algo más. Aquí en Madrid como bastión del experimento neoliberal en España hay una estrategia política clara para destruir la educación pública. Hay una parte de esta sociedad que quiere cargarse la educación pública. Detrás de la eduación pública hay una idea tremendamente igualitarista. Parte de constatar que todos somos iguales al nacer y que lo que nos hace distintos son las circunstancias sociales. Por eso, si todos recibimos la misma educación, en las mismas condiciones, seremos iguales, ya que nuestras circunstancias sociales no influirán tanto en nuestra eduación.

Esto nunca ha llegado a ser así. Mis amigos que hablan inglés perfectamente han ido todos los veranos de su infancia a Irlanda o al Reino Unido a aprender inglés. Otros, directamente, han ido a colegios bilingües. Además, había familias que ponían a disposición de sus hijos academias privadas o multitud de actividades extraescolares. A pesar de estas desigualdades de hecho, la idea subyacente de la educación pública estaba ahí. Pero la quieren destruir. Quieren que cada uno recibamos una educación en función de nuestros medios. Quieren que los hijos de los obreros o los hijos de los migrantes seamos sus mecánicos y sus trabajadoras domésticas. Se acabó el sueño de la educación pública y gratuita para todos. Se acabó el igualitarismo. Esto es lo que hay detrás de sus recortes. Es hora de ir rompiendo la baraja.

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