La bandera de España

Paseando ayer por la tarde me di cuenta de que algunos balcones lucían una bandera de España. Probablemente, hacían caso al cartel de la Nuevas Generaciones del PP, que animaban a que la gente luciese orgullosa los colores nacionales. Volvía algo cansado, con esa sensación de malestar difuso que creo compartimos todos últimamente y que contrastaba, supongo, con esa idea del orgullo nacional, este no tan difuso, de las personas que habían decidido colgar la bandera en el balcón de su casa.

Cualquiera que siga el blog es consciente que mi relación con el orgullo nacional es, por decirlo finamente, esquiva. Ya he escrito alguna vez que la nación española me importa entre poco y nada. Cualquier exaltación de la contingencia me resulta bastante estúpida. Además, soy una persona bastante desapegada de las pasiones, de todas, y entiendo que el orgullo nacional tiene un alto componente pasional o irracional.

Además, está el contexto. Si hay una palabra que defina bien qué implica lucir una bandera de España justo ahora, esa palabra sería ridículo. Lucir una bandera de España con orgullo hoy es hacer el ridículo. Pero es que, creo, uno de los estereotipos sobre los españoles que más cercano está a una realidad generalizada es nuestra capacidad para hacer el ridículo. Ridículo resulta Rajoy contándonos que ha engañado a Europa y ha conseguido 100.000 millones de euros regalados igual que ridículo resulta el rey pidiendo perdón por matar elefantes. Ridículo es este orgullo de bravuconada de bar. Orgullo que contrasta con cualquier realidad tangible, orgullo que es capaz de negar la evidencia del desastre y, sobretodo, la propia responsabilidad en el desastre.

Pero hay más. Todos hemos sentido vergüenza ajena alguna vez. Esa tristeza fría viendo como una persona que quieres pierde los papeles en una situación, comportándose como lo contrario de lo que es o de lo que sabes que quiere ser. Pues esta misma sensación me recorría el cuerpo volviendo a casa y viendo los balcones con sus banderas. Una sensación de vergüenza ajena triste. Muy triste.

Son sensaciones bastante desalentadoras. El sábado por la noche habría 250 personas en la Puerta del Sol protestando. Esa protesta continuada e irregular que, al menos desde hace un año, se ha mantenido de diversas maneras. En esa protesta, también percibí este malestar. Probablemente, desalentados porque los muchos gritos y los muchos esfuerzos chocan una y otra vez con una bandera de España de cemento, terca e inamovible en un orgullo estúpido que oculta las miles de debilidades en las que vivimos.

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