Sin nosotras no se mueve el mundo

Carole Pateman, una teórica política feminista, habló a finales de los 80 del concepto de contrato sexual. Según ella, en nuestras sociedades existe un contrato implícito (es decir, algo que aceptamos como “natural” sin que nadie lo cuestione) sobre el que se articulan todas las relaciones sociales: el contrato sexual. La idea básica es que hay una división del trabajo previa al resto por la cual las mujeres realizan los trabajos reproductivos y de cuidados, cuya regulación se reserva al ámbito privado y los hombres realizamos el trabajo productivo, cuya regulación es pública y, por tanto, política.

Un ejemplo: pensemos en un trabajador de la Firestone que tiene en torno a 60 años y que ha sido activo en un sindicato y en el comité de empresa. Ha participado de una lucha política en torno a las condiciones de trabajo en su fábrica que ha permitido que los trabajadores en esta empresa tengan un convenio por encima de la media y unas condiciones más aceptables que en otras empresas. Para que este trabajador haya podido dedicarse durante toda su vida a trabajar ocho horas diarias y además dedicar tiempo al sindicato y a la lucha política en torno a sus condiciones de trabajo ¿qué ha hecho falta? Ha hecho falta que él no sea también el encargado de limpiar y recoger una casa, comprar comida variada y suficiente y, en el momento adecuado, preparar esa comida en los momentos en que él puede comer, limpiar lo manchado en la preparación de esa comida o cuidar de las personas que dependan económicamente de él.

Y todo esto, ¿quién lo ha hecho? Su mujer. Esto es el contrato sexual: el acuerdo implícito por el cual todo lo que ocurre en lo privado (los cuidados) no forma parte de la lucha política y lo que ocurre fuera (las condiciones laborales) es lo definitorio de la lucha política.

“Una casa limpia es señal de una vida malgastada”

De ahí que uno de los principales focos de la lucha feminista contemporánea sea el cuestionamiento y revalorización del trabajo reproductivo o de cuidados. Lo cual se traduce en muchas luchas concretas, entre ellas las condiciones de vida y de trabajo de las trabajadoras domésticas.

Las trabajadoras domésticas han estado históricamente discriminadas frente a otros trabajadores. No sólo porque generalmente sus empleadores no las han asegurado ni hecho ningún contrato, sino porque, incluso cuando se lo han hecho, estaban discriminadas frente al resto de trabajadores. La Seguridad Social las incluía en un régimen especial que reconocía menos derechos (paro, jubilación, etc.) que el régimen general.

Así, una de las luchas fundamentales de las organizaciones feministas es el reconocimiento del trabajo de cuidados como equiparable a cualquier otro trabajo. Es decir, la inclusión de las trabajadoras domésticas en el régimen general como cualquier otro trabajador. Es una lucha que tiene lugar aquí y ahora.

Una de las mayores virtudes del feminismo es que nos muestra dominaciones y opresiones que parecen invisibles. Entre ellas ésta, que afecta a tantísima gente y que apenas tiene un hueco en la agenda de las organizaciones de izquierda. Porque tanto para la izquierda como para la derecha el machismo y el patriarcado son “invisibles”.

Por eso no podemos cansarnos de repetir que la revolución será feminista o no será. O no será una revolución.

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