Etiquetado: Amor

Dudo

Como estudié letras vivo instalado en la duda. No sé si caminar por “Puedo escribir los versos más tristes esta noche” o elegir la alameda de “Sucede que me canso de ser hombre”. No sé si encierra más belleza el Guernica o Las Meninas. No sé empuñar un arma como lo hacen los adalides de las certezas. Quizá sean reminiscencias de la duda cartesiana de René Descartes que me conduzcan por el sendero del conocimiento. No lo sé. Si te dijese lo contrario, te estaría mintiendo.

Si hubiese estudiado ciencias, el panorama sería diferente. Podría resolver las incógnitas que asaltan mi existencia. Avanzaría por el entramado de fórmulas que me conducirían con toda certeza a la toma de decisiones correcta. Sabría qué cantidad de glóbulos rojos corren por mis venas enamorados de ti. Pitágoras me diría si sólo somos dos catetos más o si podría encontrarte esperándome sentada sobre la hipotenusa.

Pero estudié la oratoria de Cicerón, la voluptuosidad de Lorca y la arena en la boca de los poetas favorables al franquismo. Por eso dudo y no encuentro verdades absolutas. No creo en dogmatismos y menos si son capitalistas. No sé si la Catedral de Burgos es más bonita que la de Sevilla o la de Colonia. No sé si Dylan o Cohen, no sé si Messi o Maradona, no sé si Sean Penn es mejor que De Niro. Y cuando me quedo solo, y apenas un haz ilumina la estancia, no sé si te amo o sólo es un sentimiento más a caballo entre la amistad y el cariño.

Llagas (II)

Dice la Biblia que cuando Jesucristo resucitó y se mostró ante sus Apóstoles, hubo uno que no le creyó. Cual escéptico contemporáneo, Santo Tomás necesitó ver y tocar las llagas de su Mesías, pues sin ese contacto no confiaba en estar ante un hecho cierto, que un hombre había resucitado al tercer día demostrando ser el hijo de Dios. Ni siquiera sus ojos le bastaban como prueba, y necesitaba que fuese el tacto el sentido que le confirmase lo que sus crédulos compañeros celebraban.

Y es que hay veces que nos cuesta asumir las llagas de los demás. Nos las cuentan, nos explican sus orígenes, nos hablan de aquella chica de los 16 años, de aquel amigo traidor o de aquellas mentiras imborrables, y preferimos no creer. Preferimos asumir que la fachada de los demás es la realidad. Que la imagen que hemos creado, que el dibujo de la otra persona que hemos pintado en nuestra cabeza es la verdad. Porque esto nos hace la vida más fácil. Porque esto no nos pone ante la difícil situación de tener que conocer a los demás. De intimar con los demás. De ir más allá del más acá de nuestro día a día. Con su monotonía, con su repetición incesante de momentos intrascendentes.

También hay veces, por qué no decirlo, que nos negamos a mostrar nuestras llagas. Que la herida sangrante que nos recorre el cuerpo, la que nos muestra tal y como somos (y fuimos, y seremos) la ocultamos con todas nuestras fuerzas. Hay muchas veces, hay que reconocerlo, que ocultamos la realidad doliente de nuestra existencia. Esa realidad llena de llagas: de las chicas, de los chicos, de los golpes, de los otros.

Al final, entre unos y otros, nos negamos a vivir de verdad. Nos negamos a mostrar las llagas sin miedo. A hablar y contarnos lo que hemos vivido, lo que vivimos y lo que queremos vivir. Nos negamos a compartir intimidad, a compartir sentimientos, a compartir sentidos. Y así, llenamos nuestra vida de mentiras o medias verdades. De momentos bellos que afeamos con nuestro miedo. Así, vivimos torturados por nuestras llagas, por nuestras pequeñas miserias íntimas, sin darnos cuenta de que la única manera de parar esa tortura es compartirlas.

Llagas

Conservo una extensa cicatriz a lo ancho de mi pecho que creo que me acompañará toda la vida. Las causantes de esa marca fueron la luz pirómana y horizontal del crepúsculo, la espiral omnipotente y suicida de los 16 años y una chica que no tenía corazón, pero tenía los ojos más grandes de todo el instituto.

Mantengo una breve hendidura en un brazo que me dejó la traición de un amigo. Permanece digna en su insignificancia, a punto de desaparecer, curada en olvido.

También sigue en mi cabeza la huella de una bota que me marcaron en aquel colegio insigne de educación católica y clasista. La combato diariamente con palabras y carcajadas, pero no es fácil sanar de todo ese miedo y esa oscuridad.

También permanece indeleble en mi cara la bofetada de un familiar que creyó ponerme en mi sitio. En las mañanas blancas del invierno noto un cosquilleo que me transporta a aquel golpe.

Por todo el estómago tengo pequeñas úlceras insignificantes que me causa la gente desde sus sonrisas cotidianas. Son diminutas, apenas visibles, y carecen de la profundidad en el daño de otras, pero también cuentan con la fuerza de ser inevitables.

Y dentro del pecho tengo abierta una herida afilada como su sonrisa y profunda como su mirada. Subestimé ese cuerpo ligero y jugamos en la frontera entre la amistad y el amor hasta perder los pasaportes. Cada año, con la caricia de la brisa primaveral, esa herida se me abre de dolor y se me infecta de recuerdos.

Sed de venganza

Hay quien dice que cuando uno está alegre y es feliz no debe escribir nada. De la felicidad no crece nada interesante para la literatura. La literatura crece del rencor, de los vertederos, de la angustia, de la nostalgia, de las ventanas con gotas de lluvia, de la sombra, de la rabia, de las fotos viejas. Pero nunca del amor, nunca de la luz, nunca de los jardines plagados de flores.

Cuando el amor es correspondido uno tiene que dedicarse a destrozar somieres, a manchar las tapicerías de los coches y a desgastarse los labios. Cuando el desamor inunda tu pecho es cuando vomitas toda la rabia contra el mundo, contra esas parejitas que se besan en los parques, contra todo lo que se sale de tu lámpara, tu boli y tu papel en blanco.

Cuando sientes que todo lo que tocas se rompe, cuando tu barco siempre naufraga, cuando sientes que la vida te da la espalda hay que ajustar cuentas con esa realidad desagradecida y áspera. Cuando eres muy feliz o cuando eres un tonto con mucho dinero de esos que siempre van luciendo su buen humor o cuando eres Pablo Motos puedes disfrutar de tu estupidez pasajera. Disfrutad, disfrutad plácidamente que yo os estaré esperando en la oscuridad, en el rencor, para mataros con mi ejército de poetas malditos armados con sus folios afilados y con sus bolígrafos entre los dientes.

 

Nuestras victorias están cargadas de futuro

Como véis, vivimos en un mundo áspero. Un mundo que no perdona y no ofrece segundas oportunidades. Un mundo que te pasa por encima. Un mundo en el que llueve y llueve y vuelve a llover y siempre que llueve se mojan los mismos. Siempre se calan los mismos. Siempre pierden los mismos y siempre ganan los mismos porque juegan con las cartas marcadas.

En las guerras siempre pierden los mismos, en la cola del paro siempre pierden los mismos, en las cárceles siempre pierden los mismos, en la marginalidad siempre pierden los mismos. Que no me vengan con que la lucha de clases no tiene sentido porque en todos los conflictos está la lucha de clases. Los ricos contra los pobres, los que disparan contra los que reciben el balazo, los que firman la sentencia contra los que llenan las celdas.

Pero no todo está perdido. Este mundo egoísta, este mundo que se mira al ombligo y excluye al diferente se puede cambiar. Para eso tenemos muchos instrumentos muy poderosos.

Tenemos el compromiso para reunir esfuerzos y construir un mundo brillante en el que no siempre se mojen los mismos. Tenemos la pureza de la vida con toda su fuerza. Esa fuerza que está en tus ojos, en el primer rayo de sol de la mañana, en el brotar de la naturaleza, en la sonrisa de la juventud. Tenemos a esas personas con las que resistimos, con las que reímos, con las que lloramos, con las que compartimos, con las que nos sentimos nosotros mismos. Esas personas que nos protegen y a las que no nos permitiríamos que las ocurriese nada. Todos sabéis de quién estamos hablando.

También tenemos la belleza en esos labios, en esa mirada honesta e inabarcable, en esa inteligencia. La belleza del amor. El amor de sentirnos acompañados y libres, desnudos sobre el colchón. Tenemos esas canciones que tanto te gustan, tenemos los poemas que nos iluminan el camino, tenemos la noche plagada de estrellas, tenemos todo por mejorar.

Lo tenemos todo menos bajar los brazos, todo menos que nos encuentren rendidos, todo antes que sacar la bandera blanca. Siempre nos encontrarán de pie, dispuestos a dar la batalla, con nuestra alegría, con nuestro compromiso lleno de argumentos, con nuestras risas llenas de cervezas, con nuestras victorias cargadas de futuro.

La baraja del amor (II)

A mí nunca me han gustado los juegos de cartas. Ninguno de ellos. Nunca he sido aficionado porque nunca he jugado bien. Fíjate si hay juegos o maneras de jugar. Les hay más cortos, más largos. Les hay muy sencillos, en los que solamente tienes que poner las cartas una detrás de otra. Les hay muy complicados, en los que tienes que tener en cuenta las cartas que han salido, las cartas que tiene el otro, las cartas que pueden salir, los turnos.Y luego están los juegos en pareja, en los que no solamente tienes que jugar con tus cartas sino con las del otro.

Pongamos un ejemplo, el chinchón. Jugando al chinchón siempre me ocurre lo mismo. Espero y espero a la misma carta. Digo, esta vez sí, esta carta va a ser la mía. Voy a hacer menos diez y, por una vez, voy a ganar la partida. Pero nunca llega la carta que espero. Sé que en el chinchón siempre conviene quedarte con cartas muy bajas para, en el caso de que otra persona cierre, no sumar muchos puntos. Pero yo hago lo contrario. Y sé que no es buena estrategia.  Sé que no es la carta que debería esperar. Pasan por mis manos

Las cartas que todos esperamos.

treses y cuatros, con los que podría cerrar la mano. Pero yo espero encandilado una sota o un rey, pensando que no hace falta estrategia, que no debo tener en cuenta las cartas de los otros, las cartas que los otros ponen en la mesa. Sin aceptar que hay pocas sotas o reyes para tantos jugadores.

Y luego está el mus. Jugar al mus requiere concentración. Requiere unos reflejos muy rápidos. Requiere saber apostar. Requiere la intuición suficiente para enfrentarte o no. Para envidar hasta el peligroso punto en que lo puedes ganar todo o lo puedes perder todo. Llega un momento de la partida en el que miras a quien te ha acompañado todo el rato y con el que has compartido la maravillosa experiencia de comunicarte mediante silencios, y adviertes en sus ojos la mirada desesperada de quien ve venir la derrota. Y, entonces, lanzas un órdago. Un órdago que parece el último suspiro de la desesperación por algo que siempre ha estado ahí, que has visto llegar y no has podido frenar: la frustración de ser el perdedor.

Si hay algo que hago especialmente mal en los juegos de cartas son las señas. Esas señas que recorren la mesa, que van de persona en persona y que hacen lo intangible evidente. Esas son las señas que yo nunca capto. Si lo imaginas, si intentas pensar y congelar un momento de la última partida que jugaste a las cartas, verás que existe una tensión que revuelve el estómago y que hace que no puedas parar de jugar. Una tensión inexplicable, que está ahí, tengas las cartas que tengas. Aunque juegues con un caballo. Seguramente sea esto lo que hace disfrutar a los aficionados a las cartas. Me gusta hasta a mí, y eso que no soy aficionado.

En fin, con todo, siguen sin gustarme los juegos de cartas. Seguramente, como ya he dicho, tenga que ver con mi especial torpeza en los mismos. A mí siempre me han parecido mejores otro tipo de juegos, en los que la reflexión y los propios conocimientos eran más importantes. Mezclar el azar con la victoria no me parece la mejor manera de disfrutar. Aunque eso es lo esencial para ganar. Encontrar los momentos, estar predispuesto a aprovechar el azar, a tirar los dados de tal manera que salga la carta que a ti te conviene. A saber jugar con las señas incomprensibles pero totalmente desveladoras. A no importarte la jugada que llevas entre las manos, porque lo que tú buscas no está en tus cartas. Ni siquiera en las del compañero. Lo que tú buscas está en ese silencio mágico envuelto en humo que hace que nuestros estómagos siempre estén revueltos.

La baraja del amor

El amor es un juego de tramposos en el que siempre alguien lleva un as en la manga. Yo también he jugado alguna vez  ocultando al rey de corazones con la esperanza de que ella tuviese a la reina, pero, cuando todo estaba a mi favor, pintaron bastos y volví a perder todas las fichas.

Reina de corazones.

En el amor hay mucho as con vocación de rey que por no elegir la estrategia correcta se queda en un cinco cualquiera. También están los doses, esas parejitas idénticas, adorables y modélicas que no se las cree nadie. Los treses son desconcertantes porque dependiendo del momento pueden sorprenderte teniendo una actuación de diez, o desinflarse insignificantes volviendo a casa a orar al dios Onán como hacen la práctica totalidad de los seises. Los treses también encierran un significado metafórico porque hay quien sostiene que el matrimonio es una carga tan pesada que debe llevarse entre tres.

Los cuatros, cincos, seises y sietes varían sus comportamientos en función de con quién se junten. Su valor aumenta o disminuye como los valores bursátiles. Si queréis ver a alguno, basta con salir a la calle. Con las sotas el asunto toma temperatura. Las sotas son como esas femme fatales de las películas españolas que no le gustan a nadie pero se acaban acostando hasta con la maquilladora.

Sota de oros.

En el asunto de los caballos no entraré en profundidad por no herir susceptibilidades. Sólamente señalar que, como el pintor Salvador Dalí, pienso que no hay que quedarse en la imagen meramente física de la pareja o del animal en cuestión. La belleza está en el interior.

Los reyes y las reinas son palabras mayores. Por ellos se pelea todo el mundo y encajan bien en cualquier situación. En ocasiones prefieren no mezclarse con el populacho y mantener relaciones entre ellos mismos. Reyes con reinas. Reyes con reyes. Reinas con caball… ¡Perdón! No sé en qué estaría pensando.

Si te quedas fuera de juego, sé consciente de que siempre tiene que haber algún joker haciendo el payaso. Lo más importante es saber tu rol dentro la partida para que no te pillen en un farol. Y en caso de que las naipes de corazones vengan mal dadas, antes de jugártelo todo a la suerte de los tréboles, ponte una peli con dos rombos, huye de los bastos y las espadas y resguárdate al calorcito de las copas.

Sueño con la PG-13 (II)

Me parece bien. Me parece bien que, después de atormentarnos con una

Nuestras almas

realidad cruel, busques descanso en alguien. En medio del desierto indolente en que el capitalismo está convirtiendo nuestras almas, seguramente el amor sea el último oasis.

Y a mí también. A mí también me gustan las mujeres. Me gustan las mujeres libres. Mujeres que, a pesar de lo que les dicen, a pesar de lo que les hacen, construyen su propia personalidad y su propia manera de ver el mundo. Me gustan las mujeres que escapan a la dictadura de la belleza. Una belleza que no es tal, sino que no es más que la fealdad escondida tras el espectáculo. Me gustan las mujeres que se alejan de estos cánones. Que descubren que el verdadero secreto para ser bellas o bellos está en el alma y no en el cuerpo.

A mí también me gustan las mentes. Me gustan las mentes que resisten. Resistencia significa, en el mundo que vivimos, renunciar a la norma. La norma es lo normal, lo que regula, lo que nos iguala a todos en la mediocridad. Las mentes que me gustan resisten, crean sus propias normas porque quieren crear su propia vida. Estas, como dice Dante, son las mentes que hay que follarse.

Realmente no sé si PG13 es así. No la sigo mucho. Confío en ti, así que supongo que si tú has visto esto en ella lo será. Lo que sí que sé es que en estas sombras que empiezan a ser perennes (nuestro desierto está ensombrecido porque siempre hay un Alejandro Magno que nos tapa el sol) necesitamos encontrar mentes, muchas mentes, que resistan. El día que hagamos una orgía todos y todas, el día que todas las mentes estén dispuestas a crear su propia vida y no dejarse arrastrar por la vida normal, ese día, les habremos vencido.

Sueño con la PG-13

Te tengo que confesar una cosa. No sé, quizás para ti no tenga importancia, pero para mí sí la tiene. El asunto es que entre tanto broker cabrón, entre tantos banqueros encorbatados y tantos periódicos capitalistas me he enamorado. No me lo explico. Si no lo estaba buscando. Yo era feliz en mi evasión de cadenas sentimentales, pero ese tiempo pasó.

Ileana sobre el escenario.

El otro día, un martes normal que tenía el aspecto desenfadado de un jueves cualquiera, lo comencé a notar. Sonó una voz en mi vieja radio que no se me borra de la cabeza. “Yo soy caliente, yo soy lava, yo soy hormiga brava…” No fue lo que dijo, fue alguna otra cosa que no alcanzo a entender. Aquello fue un gancho al mentón: un KnockOut.

Me puse a buscar quién era la dueña de aquellas cuerdas vocales. Era Ileana Cabra, la PG-13, cantante del grupo puertorriqueño Calle 13. No sé si será por la armonía de su pelo desordenado, por el tamaño de sus ojos o por el color de su piel, fruto de la mezcla caribeña. Quizás me guste por los colorines que luce su indumentaria en tarima, por sus gafas rotas o por sujetar el paraguas tan bien como Gene Kelly cada vez que canta bajo la lluvia.

Mi única certeza es que la gama de tonalidades de su garganta es un arco iris tan amplio que va del rap crudo a la melodía caramelizada. Todos esos colores se llenan de intensidad cuando habla de sexo o de la independencia de su país, colonizado por Estados Unidos. Su mensaje se tiñe de compromiso cuando habla de América Latina, cuando canta en Cuba o cuando ofrece sus manos en la lucha universitaria de San Juan.

Arlequinada junto a su paraguas.

Puede ser que sea su belleza natural, en las antípodas de la cirugía estética. También he pensado que sea por esa frase certera de Dante en la película Martín (Hache): “Me seducen las mentes. Me seduce la inteligencia. Me seduce una cara y un cuerpo cuando veo que hay una mente que los mueve que vale la pena conocer. Yo hago el amor con las mentes. Hay que follarse a las mentes”.

La verdad que no lo sé pero hoy he vuelto a soñar con ella. Cuando me desperté fui a lavarme la cara y vi escrito en el espejo con carmín deslumbrante: “Te amo. Ileana”. Y sus labios marcados a fuego junto al mensaje. En casa me han dicho que me estoy volviendo loco, mis amigos me aconsejan que no pierda la cabeza. No sé qué pensarán todos ellos, pero yo, con lo negras que se están poniendo las cosas por aquí abajo, prefiero volar entre los colores almibarados de Ileana.

 

 

Rapeando sobre esta mezcla de ska y merengue. De verde y portándose mal con sus hermanos, los Calle 13.

 

 

 

Más despacito, más dulce, junto a Kevin Johansen.