Etiquetado: Arte

Sucede que me canso de ser hombre

Pensaba escribir hoy sobre teatro, sobre arte, sobre ese arte comprometido que me gusta saborear como público. Sobre el teatro político de gente como Darío Fo o de Bertolt Brecht, sobre la España profunda de las alcobas que diseccionó García Lorca o sobre las caretas hipócritas que nos quitan los textos de Rodrigo García. Me apetecía escribir sobre los desequilibrios excesivos de Tennessee Williams o de Angélica Liddell.

Creía interesante lanzarme en la búsqueda de la delgada línea entre el compromiso y el entretenimiento. ¿Dónde está el equilibrio para que una obra sea capaz de divertir y a la vez de hacer pensar al público? ¿Puede una obra cargada de mensaje político calar en la vanidosa sociedad actual? ¿Es necesario entretener o es preferible retorcer las tripas de la gente que se sienta en las butacas hasta castigarles esa noche sin cenar?

Inmerso en estos pensamientos mecidos por las nubes, me bajó a la tierra un golpe de realidad. ¿Quién cojones soy yo para reflexionar sobre todas estas cosas? ¿Por qué carajo le va a interesar a la gente lo que yo escriba aquí? ¿Qué pensará de todo esto un parado, un estudiante carente de futuro, un deshauciado, un vagabundo o una madre que hace magia con el subsidio por desempleo? Cuando me siento como un cisne de fieltro, me apetece meter el boli en el bote y olvidarme de todo, aunque eso signifique darles la razón a toda esa gentuza que nos lleva la contraria.

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¿El arte elitista puede ser de izquierdas? (II)

Quieres meter en los teatros a albañiles, mecánicos, funcionarios, etc. Me parece bien. Me parece bien que albañiles, mecánicos, funcionarios, etc. vayan al teatro. Pero creo que planteas mal los términos. La cuestión, en mi opinión, no es que el arte elitista es incomprensible para la mayoría de la gente, la cuestión es por qué esta mayoría no entiende el arte elitista.

Dices que la comprensión de ciertas obras de arte requieren cierta formación ya que, sin ella, somos incapaces de comprender gran parte de las obras. Es cierto, pero esto no invalida a la obra en sí, no la hace menos “de izquierdas”. En mi opinión la pregunta que desde la izquierda hay que hacer es: ¿por qué las mayorías sociales no pueden acceder a la comprensión del arte? O, dicho de otra manera, ¿qué falla en nuestra sociedad para que las mayorías sociales se sientan totalmente apartadas de la comprensión del arte? Aquí podíamos hablar de cómo nuestra sociedad, o las instituciones educativas de nuestra sociedad (escuela, universidad y, la más importante, la televisión), ha fallado totalmente, ya sea premeditadamente o no, a la hora de otorgar a la mayoría de las herramientas necesarias para comprender y disfrutar el arte.

No obstante, y para hablar más concretamente del arte de izquierdas o, vamos a llamarlo, con vocación de transformación, habría que ir más allá. Todas las sociedades tienen mecanismos a través de los cuales se legitima o no el arte. A través de los cuales se le otorga a una obra la condición de arte o no. Hace 500 años era la Iglesia la que decía si algo era arte o no, en función, no de la obra en sí, sino de las necesidades de la propia Iglesia.

En nuestra sociedad ocurre lo mismo, más o menos. Existen instituciones que otorgan a una obra la condición de arte. Universidades, museos, redes de teatros y los propios autores, academias, etc. Es aquí donde, en mi opinión, debe posicionarse el arte con vocación de transformación. Debe querer no sólo transformar la sociedad, sino posicionarse frente a esta red de instituciones legitimadoras del arte, desde un punto de vista crítico.

Porque estas instituciones son las que, también, separan el arte de la sociedad. Son las que crean la sensación de que el arte es algo reservado a unos pocos que, de alguna manera (normalmente con dinero), pueden acceder, no sé si a la comprensión del  arte, pero sí a ese mundillo artístico.

Existe arte que rompe con esto. Desde Lorca creando la Barraca y acercando el teatro al pueblo a, en nuestros días, el arte callejero. Estoy pensando en Bansky. Desde una posición crítica con nuestra sociedad y desde la exclusión de estos circuitos artísticos, Bansky hace arte.

Pintada de Bansky. Esto tiene más valor que todo Arco entero. Aunque menos precio.

Si nos salimos totalmente de estos circuitos nos encontramos con el arte popular, que, sin ser necesariamente crítico con la sociedad, tiene la ventaja de salirse del mundillo en todos los sentidos ya que es arte producido por el pueblo. Estoy pensando, por ejemplo, en eso que tanto te gusta: las comparsas y las chirigotas del Carnaval de Cádiz. Seguramente, esta sea la forma más adecuada para el arte de izquierdas.

Por último, parece que está hecho a posta, pero el mejor ejemplo de artista que se posiciona críticamente contra los legitimadores del arte lo dio ayer Álex de la Iglesia con el discurso que hizo en la entrega de los Goya. En medio de los dueños de las instituciones que dicen qué es cine y qué no es cine en España se posicionó en contra de la opinión de la mayoría desde un punto de vista comprometido con la trasformación, no sólo de la sociedad, que se está transformando sola, sino de la propia Academia.

¿El arte elitista puede ser de izquierdas?

'Centro Blanco' de Mark Rothko se subastó por 72,8 millones de dólares.

La Feria Internacional de Arte Contemporáneo (ARCO) abre sus puertas del 16 al 20 de este mes. Esos días veremos desfilar por nuestros televisores algunas pinturas que nos llamarán la atención e irremediablemente se comenzarán a escuchar algunos comentarios: “Eso lo pinta mi prima pequeña con seis años, no me jodas”, “¡Menudo timo! Eso, llegamos tú y yo borrachos, como el sábado, pegamos cuatro brochazos y lo hacemos mejor”, “¡Si parece que han volcado los botes de pintura directamente!”. Todos tenemos en mente el tipo de obras de las que hablamos.

Antes el arte cobraba valor por sí mismo. ¿Quién va a decir que Las Meninas no son una obra de arte? ¿Quién va a poner en tela de juicio el valor de la Catedral de Burgos? Ahora las cosas han cambiado y por eso me asaltan algunas dudas. ¿El arte contemporáneo es real, está lleno de contenido? ¿Están los artistas contemporáneos descojonándose desde una habitación oculta de nuestras caras de idiotas mientras analizamos sus obras? ¿Tiene el arte actual un valor real que no somos capaces de entender por nuestra falta de formación? En ese caso, ¿es elitista el arte contemporáneo?

La semana pasada estuve viendo una obra de teatro contemporánea, Gólgota Picnic del dramaturgo Rodrigo García. Si vamos al fondo, era una crítica a la deriva del cristianismo y al estilo de vida occidental, pero en la forma la obra estaba cargada de tantas metáforas visuales y escénicas que salí del teatro con la sensación de haberme perdido buena parte de lo que ocurrió sobre el escenario.

Las acciones que se representaban tenían un sentido (Rodrigo García no se estaba riendo de nosotros desde su torre de marfil), pero la mayoría de la gente no era capaz de interpretar la carga poética que se expresaba sobre las tablas. Es un teatro vanguardista, contemporáneo, crítico, desde una óptica inequívoca de izquierdas, quiere agitar conciencias, pero, para mí, cojea en que es ELITISTA. Es un teatro que sólo entiende la gente que tiene una completa formación sobre la materia.

Un momento de la representación de Gólgota Picnic

 

Un autor de una obra crítica, contemporánea, vanguardista y de izquierdas querría un teatro lleno todos los días. Pero no lleno de un particular grupo de gente. Lleno de gente del teatro, periodistas, camareros, mecánicos, funcionarios, médicos, taxistas, albañiles,… Es decir que cualquiera pudiese entrar al teatro y entender su mensaje. Con ese mensaje desencriptado podría calar más en la sociedad. Pero al encriptar el mensaje con el lenguaje del arte contemporáneo, gran parte de él se disuelve entre las butacas vacías del Teatro María Guerrero situado en el elitista Barrio de Salamanca madrileño.

¿Debe un artista de izquierdas poner su arte al alcance de todos o nos debe exigir como público una formación superior?

El arte mancha

Me gusta el arte cuando se mancha las manos. Me gusta el artista que baja a la arena y se moja; el que opina y no se muerde la lengua, el que se aleja de la equidistancia, sabedor que no es buen lugar para instalarse aunque sea cómodo como un sofá burgués. La libertad es un lugar frío y cada vez más inhóspito. Me han dicho que allí no queda casi nadie.

El arte con mayúsculas experimenta y puede permitirse el lujo de equivocarse. Recorre caminos que todavía no ha transitado la civilización. El arte no se consume como un helado, un ordenador o una prenda de ropa. El arte ni se compra ni se vende, aunque tenga precio en este mundo cuantificado, en el que todos tenemos una etiqueta con lo que valemos colgando de alguno de nuestros apéndices.

Por eso me gusta el Sabina que se mete en todos los fregaos. Esucho con atención lo que dicen Calamaro o Bunbury con sus excesos, verbales y de los otros. Por eso, los poemas que más me hieren son los que están manchados con la inconfundible pintura del spray del compromiso. Por eso admiro el misterio de la quietud catedralicia de José Tomás. Por eso me gustan los golpes de los puños rimados de Los Chikos del Maíz o de Kase-O. Por eso amaba a Saramago y me encanta la alegría y los colores que le ponen Calle 13 a la revolución. Por eso no me gusta el matrimonio Stefan escupiendo mentiras y billetes desde su mansión con embarcadero. Por eso no leo El País desde que lo escriben con guantes de seda. Por eso me hacen gracia Alejandro Sanz y Julio Iglesias hablando de política, patriotas afincados en Miami. Por eso odio las listas de ventas mentirosas y las radios comerciales que esconden lo que les molesta.

Los diccionarios dicen que el antónimo del arte es la incapacidad, el antónimo del arte es el dinero.