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Política, Deporte y el Ascenso de Autocid

Ilumina la pantalla de mi ordenador una noticia que dice que Cristiano Ronaldo, ídolo de poqueros y/o canis, no quiso cambiarse la camiseta con ningún jugador israelí tras el último Israel-Portugal porque él no intercambia su camiseta “con asesinos”. El Ronaldo-imagen-de-Nike, el Ronaldo guapo, rico y famoso al que, según él dijo, todos envidiamos también habría subastado su Bota de Oro del año pasado para ayudar a las víctimas de los bombardeos israelíes. También me llega la publicación del libro “Futbolistas de Izquierdas”, en el que se relatan historias relacionadas con jugadores como el delantero comunista Cristiano Lucarelli, que renunció a una montaña de dinero para cumplir el sueño de ascender con su equipo de toda la vida, el Livorno, a la Serie A. El mismo Livorno que tiene una curva de seguidores antifascistas que hacen vibrar a la ciudad roja de la costa italiana.

Estas informaciones que relacionan deporte y política me hacen reflexionar, pero rápidamente acude a mi cerebro el dogma cacareado una y mil veces: “Deporte y política no deben mezclarse”. No sé lo que se debe o no se debe hacer, pero lo que es un hecho es que, como fenómeno público dentro de la sociedad, el deporte es un asunto que concierne a la política.

En el nivel de las pasiones, para los que tenemos la suerte de no venerar a ningún dios, fútbol y política las desatan como ningún otro acontecimiento social. Y en el nivel de la gestión están absolutamente integrados en las instituciones. Reciben subvenciones, utilizan instalaciones públicas, pagan impuestos, celebran los éxitos en los ayuntamientos,…

El viernes ascendió Autocid Ford Burgos (la publi por la jeta) a ACB. Para culminar el ascenso deberán hacer un importante desembolso económico previo y construir un pabellón (a cargo del Ayuntamiento) de, al menos, 5.000 localidades, ya que El Plantío no llega a ese aforo.

¿Debe el Ayuntamiento, ahogado por las deudas, afrontar este gasto? ¿Debe pagar esta nueva obra mientras se retrasa en los pagos a sus proveedores y a sus propios trabajadores? ¿Debe fomentar la existencia de un equipo de elite mientras se cierran guarderías públicas municipales? ¿Debe pagar la construcción de este gran pabellón mientras no hay agua caliente en algunas de sus instalaciones deportivas municipales y privatiza la gestión de las mismas?

Yo no lo sé. ¿A ti qué te parece?

El fútbol ha muerto. ¡Viva el fútbol! (II)

El primer recuerdo futbolístico que tengo es un partido que jugué en el partio del colegio con cinco años en el que mi clase ganó ocho a cero a la clase de al lado. Entonces las clases teníamos nombres de animales, pero ya no me acuerdo de cual era el nuestro. Me acuerdo de que una vez ganamos ocho a cero.

Otro recuerdo fundamental, a parte de la nariz rota de Luis Enrique en los cuartos de final del mundial de Estados Unidos, es el penalty que falló Djukic. Por aquel entonces, los equipos pequeños a veces ganaban la Liga. El Depor, con un tipo tan gallego como Arsenio Iglesias, estuvo a punto de ganar la Liga. Era un equipo modesto, de una ciudad pequeña como La Coruña frente a uno de los equipos del régimen y eso, a mí, un pequeño niño que irracionalmente estaba entusiasmado por la estética del perdedor, me encantaba. No sé por qué, pero siempre me gustó más el que perdía o el que quedaba segundo.

Pero todo esto no son más que recuerdos de infancia. Acutalmente el fútbol es exactamente igual que el resto de la sociedad. Un régimen injusto en el que los poderosos precarizan y destruyen a los débiles. Una mafia infecta en que una banda de miserables, llámense Roures o Florentino Pérez, juegan con las ilusiones de millones de personas.

El fútbol ya no es salvable, igual que casi nada es salvable. La única manera de salvarnos es estar juntos, es luchar juntos, es vivir juntos. Para jugar al fútbol, para resistir, para emborracharnos, para enamorarnos. Unos con otros, unos con otras, otras con unas. Robándole un verso a Jose Agustin Goytisolo: “en estos tiempos de ignominia generalizada”, la única manera de no suicidarte es diluirte en los demás.

El fútbol ha muerto. ¡Viva el fútbol!

Las radios deportivas fueron las primeras en anunciar la catástrofe. “¡Se acaba el fútbol! ¡Prohíben el deporte rey! ¡Esto es un ataque a los derechos fundamentales! ¡Coartan nuestra libertad de expresión!”. Grandes multinacionales lanzaron a las masas a luchar por la palabra fútbol que en aquellos tiempos oscuros no significaba más que intereses económicos para los magnates que manejaban los hilos.

Adidas y Nike se dieron la mano tras décadas de encarnizada batalla para luchar por un pastel común que querían repartirse. Mahou y Telepizza financiaron todas las movilizaciones. El presidente del BBVA organizó una rueda de prensa multitudinaria en la que denunció que la “no existencia de fútbol vulneraba los más sagrados principios constitucionales”.

Un grupo de jeques árabes crearon un nuevo deporte con normas semejantes en el que sepultaron sus fortunas. Jaume Roures se alió con sus enemigos más feroces para repartirse los derechos televisivos del último copo de nieve del invierno y de la primera caída de hoja del otoño. Sergio Ramos y Andrés Iniesta, en representación del fútbol español, balbucearon unas declaraciones que nadie fue capaz de traducir.

José Mourinho formó una nueva religión en la que él era la reencarnación de dios en la tierra. Pasados unos meses, cuando hasta su mujer abandonó “el camino de la verdad”, comenzó a trabajar en una ebanistería. Josep Guardiola se hizo mormón aprovechando que ya disponía del atuendo. En la actualidad se le puede ver acompañado de su inseparable Tito Vilanova por las calles de Tarragona buscando nuevos adeptos. Sir Alex Ferguson sigue invirtiendo sus abundantes ahorros en pintas de cerveza por los pubs de Manchester.

Mientras todo esto ocurre, en un potrero de un barrio miseria de Buenos Aires un grupo de niños sucios y despeinados corren detrás de una pelota de trapo, en una favela de Sao Paulo una joven pinta una portería en una pared, a las afueras de Duala con los últimos rayos de sol Paul y Philemón se han jugado una cerveza en una tanda de penaltis y en un parque burgalés, mientras un chaval coloca una chupa a unos metros de la otra, se oye desde la otra parte del parque, ¡Sacamos ya!

El fútbol ha muerto. ¡Viva el fútbol!

La final de la Copa del Rey de España(II)

Esta noche se juega la final de la Copa del Rey. Mi opinión es que se está creando una gran cantidad de ruido alrededor de este partido. Porque al final, por mucho que nos guste, sólo es un partido o veintidós tipos en calzoncillos corriendo detrás de una pelotita que, en función de donde entre, se repartirán los papeles de héroes y villanos.

Estamos muy acostumbrados a que antes de un ‘Real Madrid-Barça’ se esté durante días avivando polémicas ficticias. Hay que vender periódicos, hay que hacer programas de radio, hay que rellenar informativos de televisión, pero también podemos mostrar el tedio que generan estas situaciones.

Que si Piqué les dijo a los “españolitos del Real Madrid” que les iban a “ganar la Copa de ‘su’ Rey” (como Piqué es muy moderno y súperguay lo ha desmentido en su twitter). Que si Pepe escupió a los jugadores del Barça (conociendo a Pepe quizás sea su forma de mostrar cariño, tampoco deberían ofenderse, les ha hecho cosas peores). Que si van a poner el himno de España a un volumen para que se escuche hasta en Pacoima y que no se oigan los abucheos de los barcelonistas. Que los del Real Madrid van a llevar banderas de España. Que si el equipo de los fachas. Que si el representante de la sonrojante burguesía catalana. Se me quitan las ganas de ver el partido.

Los mismos discursos cruzados de nacionalismos victimistas que se repiten machaconamente. Al final ruido, ruido y más ruido. Ruido como el del himno, ruido como el de los abucheos, ruido como el que nos hace perder el foco de lo importante. Esperemos que ese ruido no nos despiste de lo verdaderamente relevante, de lo crucial que se juega esta noche, de lo vital que se disputa en el terreno de juego de Mestalla, de lo más trascendental: veintidós tipos en calzoncillos corriendo detrás de una pelotita. Pero veintidós tipos muy buenos, ojo.

La final de la Copa del Rey de España

Mañana es la final de la Copa del (heredero del) Generalísimo. Los dos equipos más ricos de España se enfrentarán en Valencia para lograr el trofeo. Dicen que en el fútbol no hay política, pero por si acaso lo que dicen no es verdad, la Federación Española de Fútbol ha decidido instalar un sistema de megafonía para que el himno suene rozando el umbral del dolor. Hace dos años, los seguidores del Barcelona y el Athletic cometieron el grave delito de pitar mientras sonaba el glorioso himno y el Borbón entraba en el estadio. Para que esto no vuelva a ocurrir, la Federación ha decidido meter el himno en vena. Frente a la libertad de expresión, metemos el himno, y así no tenemos que prestar atención a la realidad.

Bien pensando es lo que llevamos haciendo mucho tiempo: ante el hecho de

"Les vamos a meter el himno hasta que les duela a esos catalufos", pensaron en la Federación.

que una parte de los catalanes y los vascos ni quieren ni se sienten españoles (las razones, si estas son buenas o malas, dan lo mismo ahora) pues nosotros no intentamos comprenderlo y configurar un sistema político integrador, sino que subimos el volumen del himno, esta vez en forma de gritos y rasgadas de vestiduras porque se nos rompe la patria, y aquí ya no se puede hablar de nada.

Que no te oigan decir que parte de los catalanes o de los vascos no se sienten cómodos y que, por lo tanto, algo pasará o algo habrá que hacer. Si lo haces, multitud de voces te cantarán el conocido himno de “es que los catalanes son unos tacaños”, “los vascos viven muy bien y son unos racistas”, “lo tienen todo”, “Madrid está peor”. Todo muy interesante, pero no resuelve nada y, sobre todo, no resuelve el hecho fundamental: España es un concepto discutible y, sobretodo, discutido, sería mejor que en esta discusión todos hablásemos e intentásemos llegar a algún punto en común.

Porque al final corremos el riesgo de pensar que esto es como la final de la Copa del Rey (con Mourinho haciendo de Aznar y Guardiola de Pujol). La diferencia es que en la final de la Copa del Rey unos ganan y otros pierden y en el Estado en el que, se supone, deberíamos vivir todos (o no, no es tan grave) deberíamos jugar en el mismo equipo.

De momento, nos sigue gustando el fútbol (II)

Nos sigue gustando el fútbol a pesar de toda la mafia maloliente que lo rodea. Nos gusta lo que ocurre dentro del terreno de juego, como ya hemos dicho otras veces, porque lo de los despachos es para ponerse a temblar. Tráfico de influencias, millones en maletines de acá para allá, navajazos por los contratos televisivos, pelotazos urbanísticos, compadreo con el poder político que permite todos estos desmanes,…

Lo de Mourinho la verdad que cada día me da más igual. De hecho, hace tiempo que no sigo a qué dedica sus estrategias en las ruedas de prensa. Durante un tiempo me hacía cierta gracia verle abriendo frentes por todos lados. Proyectaba cierta fascinación esa imagen de triunfos que le precedía, pero la sobreexposición en los medios le han convertido en uno más. Nadie tiene fórmulas secretas de la victoria. Lo malo de todo esto es que, en esta sociedad materialista y cortoplacista, como Mourinho gane la Champions tendremos que oír por todos lados que es un fenómeno y como no gane nada se le echará encima esa jauría insaciable compuesta por prensa y afición.

Jaume Roures.

No creo que Roures se meta en los entresijos de la competición hasta desvirtuarla. No creo que se meta en decidir los horarios de los partidos con la intención de perjudicar al Real Madrid. Para lo que sí que tiene poder es para negociar los contratos multimillonarios de los derechos televisivos de los clubes. Directa o indirectamente decide la cantidad que da a cada club. Así que, en gran medida, es el responsable de que la Liga esté compuesta por dos súperequipos y dieciocho mediocres. Los presupuestos determinan la calidad de las plantillas y en este caso Madrid y Barça se llevan casi todo el pastel dejando las migajas para los demás.

Los integristas del Marca, el Mundo Deportivo y demás dirán que tienen tanto dinero porque lo generan. Esa sería otra discusión de la que también se podría discrepar, pero bueno hoy no estoy demasiado belicoso.

¿Quién quiere ver un Sporting Mallorca que no sea de esos equipos? Sólo atraen el Madrid y el Barça. Al tener peores audiencias el resto de equipos tienen menos ingresos. A su vez, esos ingresos bajos no les permiten fichar mejores jugadores, lo que les hace seguir inmersos en la mediocridad y no atraer nuevo público. La pescadilla que se muerde la cola.

Auguran los entendidos que se va a acabar el fútbol en abierto para obtener más ingresos, así que dentro de poco habrá que pagar para ver cualquier partido. Eso lo defiende también ahora Roures que antes abogaba por el fútbol en abierto cuando abrió la guerra contra PRISA. Al final cada uno arrima el ascua a su sardina y como en Wall Street, siempre gana la banca y perdemos los ciudadanos.

De momento, nos sigue gustando el fútbol

Esta mañana en el bar he escuchado que Mourinho se ha quejado. No jodas, he pensado, ¿y eso? ¿cuándo se ha quejado Mourinho? El caso es que el “técnico madridista” (algún día deberíamos recolectar todas las paráfrasis verbales absurdas que escriben los periodistas) se queja porque dice que el que hace el calendario perjudica al Real Madrid. Resulta que la semana que viene el Real Madrid descansa (no juega) sólo dos días, y el Barcelona esta semana cuatro.

Parece cierto, ¿no? Pero es extraño, ¿alguien relacionado con el fútbol perjudica al Real Madrid? ¿En España? ¿Puede esto ser posible? Me he puesto a buscar por Internet quién es el que decide el horario de los partidos de la Liga y, entonces, lo he visto claro: un catalán. Un tal Jaume Roures. No sabía quién era, el nombre me sonaba poco. He seguido investigando y he caído. Jaume Roures es el jefazo del fútbol, es quien tiene los derechos de los equipos de fútbol y, por lo tanto, es quien decide a qué hora se juega y esas cosas. Pero no queda ahí la cosa: resulta que el tal Jaume Roures ha contratado al hermano de Guardiola (Pere) en una empresa de algo así como representación deportiva y negocios inmobiliarios (como he ido yendo del Marca al Sport al final no me he enterado bien). El caso es que lo que Mourinho quiere decir es esto: Jaume Roures hace un calendario que perjudica al Madrid para beneficiar de alguna manera a Guardiola (Pere o Pep, da lo mismo). Acabáramos.

Aquí ya sí que no me lo creía: ¿chanchullos deportivo-empresariales en España? Aunque sea en la anti-España, que es como nuestra némesis, comparte la misma esencia chanchullera de España, que allí lo llaman seny, pero es nuestro principal enemigo.

Pero hoy me he caído del guindo: resulta que sí, que en nuestro fútbol el Fair Play se termina en la misma línea de banda y lo que resta de estadio es una especie de pudridero de mafiosos enmierdados con magnates de la comunicación hasta las trancas o encamados con políticos recibiendo favores. Hay chanchullos para regalar: peleas entre grupos de comunicación progresistas por los derechos de emisión del nuevo opio del pueblo; especulación con la antigua ciudad deportiva del Real Madrid para construir los cuatro penes esos que hay en el final de la Castellana y salvar al club; corrupción de esa desgracia de este país que fue Jesús Gil entre Marbella y el Atleti y el Atleti y Marbella; negocios entre el Barcelona y los equipos de los dictadores sanguinarios de Uzbequistán a mayor gloria del Garibaldi catalán (léase Laporta); Ruíz Mateos y el Rayo,… Y sólo he citado de memoria. ¿Méndez Pozo no estará en algo de esto también?

Y todo esto, ¿para qué? ¿Para una mierda de Liga en que un equipo juega de ensueño lo gana todo, otro juega de ensueño a veces y lo gana casitodo y 18 desconocidos  no sabemos bien cómo juegan porque sólo les vemos jugar con los otros dos? Y que aún así nos guste el fútbol.

¿Pero qué fútbol nos gusta?

La España de Mourinho (II)

El Barça me recuerda a un país que crecía al 3% y en el que descendieron las cifras del paro durante varios años consecutivos. Aquellos años fueron muy buenos para el equipo. Se consiguieron títulos como la Champions League que llevaba mucho tiempo sin estar en las vitrinas del club. Todo el mundo elogiaba a aquellos dirigentes que guiaban el rumbo de ese país por una alfombra de títulos y de pétalos de rosas.

Después aquellos dirigentes y sus colaboradores, que convertían en oro todo lo que tocaban, cometieron una serie de errores, lo que propició que fuesen sustituidos por un gobierno nuevo. Un gobierno que mantuvo firmes los puntales de aquel capitalismo salvaje, incluso se consiguió estirar el crecimiento hasta cifras superiores al 4% quedándose en numerosas comunidades autónomas al borde del pleno empleo.

Todo se perdonaba a cambio de títulos.

Esos años fueron aún mejores, se ganaba absolutamente todo. Había dinero para lo que hiciese falta, era un país de Champions League y de derroche descontrolado, ¿quién no se pegó una fiesta salvaje en aquellos años? Pero, ¿quién se iba a poner a pensar en formación teniendo ladrillo? ¿Quién iba a ser el guapo en pensar en el largo plazo cuando se estaban ganando títulos a tutiplén? Esos años éramos muy guapos, todos se llevaban muy bien y se permitía todo a cambio de esas grandes cosechas que se recogían. La foto de los ministros era para comérsela: el sobrino tímido que nunca ha roto un plato, el gestor que a falta de brillantez ofrecía trabajo, el yerno ideal, el amigo pícaro y hasta había uno tan guapo como para ligarse a una cantante de pop conocida mundialmente.

Pero llegó Lehman Brothers, llegó el efecto dominó, llegaron las caídas en las bolsas, ya no éramos tan guapos, llegó la crisis financiera mundial, ya no ganábamos títulos, llegó la falta de liquidez, comenzaron las discusiones, llegó el paro, no nos llevábamos tan bien como parecía, hubo muchos cambios en el gobierno, los medios de comunicación ya no nos reían las gracias, se vio el verdadero volumen de la deuda, SE NOS CAYÓ LA CARETA.

En cuanto al Real Madrid, no seré yo el que les defienda en términos políticos, pero entiendo a Mourinho porque me identifico con el que se mueve, con el que se porta mal, con el divertido, con el que se rebela. Quizás sea por eso o quizás sea, como me dijo un borracho ayer apostado en una barra, que prefiero vivir en Egipto que en Suecia.

La España de Mourinho

Hace unos meses hablamos por aquí de la relación entre el fútbol y la política. Yo decía, y sigo pensando, que el fútbol es inseparable de la política. Pues bien hoy digo que, el fútbol, es también una metáfora perfecta de las organizaciones sociales. Me refiero, en este caso, a los equipos de fútbol.

Los dos equipos más importantes del Reino de España son el Real Madrid y FC Barcelona. Los dos (en este momento) representan dos maneras antagónicas de hacer fútbol y de comportarse dentro del espectáculo del fútbol. En mi opinión, los dos son fieles reflejos de la España que es y la España que debería ser.

Un enfrentamiento que va más allá del fútbol.

Empecemos por el Real Madrid. Al equipo de Mourinho podríamos calificarlo como un equipo de nuevos ricos. Lo importante es el corto plazo, hay que conseguir un título, el que sea, ya. Da igual cómo lo consigamos, da igual lo que hagamos. Tenemos un señor con mucho dinero que ficha lo que haga falta. No se trata de construir con lo que tenemos y, en función de esto, llegar hasta el final de nuestras posibilidades pacientemente. Nos gastamos muchos millones en dos o tres jugadores que no rendirán mucho ni serán muy eficientes, pero que nos hacen sentir cargados de razones. Al final, estamos todo el año renqueando y jugando más mal que bien. El éxito no es cualitativo, en todo caso ha sido cuantitativo, por el número de camisetas que hemos vendido.

Esta es la España en que vivimos y en la que hemos vivido. Una España de nuevos ricos. Y no me refiero sólo a la economía; me refiero a lo que, al final, define una economía: nuestros comportamientos individuales. Lo importante, antes de la crisis, no era construir lentamente un futuro, mirando racionalmente que va a ser mejor en el medio-largo plazo. Lo importante era que, cada uno de nosotros, ganásemos lo máximos posible, en el mínimo tiempo posible, sin preocuparnos por nada más que no fuésemos nosotros mismos. No había ni hay colaboración de ningún tipo ni objetivos comunes. Nuestra economía y nuestra sociedad, al fin, es un grupo de egoístas dirigidos por un grupo de farsantes que, o bien echan balones fuera, o bien nos organizan un premio de Fórmula 1 o unas Olimpiadas para que pensemos que todo va muy bien. Hasta que todo se hunde.

¿Qué es el FC Barcelona? El Barcelona es un equipo que da gusto ver jugar. Funciona como un reloj suizo. Tiene paciencia y suficientes pases al pie como para poder decir que hace el mejor fútbol del mundo y, algunos partidos, el mejor fútbol que yo he visto en mi vida. Todo el equipo está bien puesto, colabora. Todo el equipo juega y hace que funcione el conjunto. El resultado: lo ganan todo y goleando. Esto, además, no lo han construido en un verano a golpe de talonario. Esto es fruto de la paciencia y del trabajo de muchas personas durante mucho tiempo trabajando por un objetivo común y apostando por una manera de jugar y de ser. En un equipo como el Barcelona, cada jugador individual se inserta en algo que está por encima de ellos, el equipo. Así, además, se pueden fichar jugadores que brillan más, pues el envoltorio no esta hecho de humo.

Esta es la España que debería ser. Una España que no haya destruido toda la costa Mediterránea llenándola de cemento para especular con un apartamento en un lugar bastante horrible. Una España que cree mecanismos de solidaridad para que todos, como sociedad, estemos incluidos, y no haya cada vez más exclusión de todo tipo. Una España que no base su desarrollo en el corto plazo buscando un beneficio individual cuanto más estúpido mejor, sino en la que haya proyectos sociales construidos sobre principios sólidos que, además, son los que permiten que los Messis o Iniestas con más talento brillen más y nos beneficien a todos. Una España, en fin, en la que cuando organizas unas Olimpiadas, o fichas un Villa, nos beneficia, más que nos perjudica.

Esta es la España que debería ser. Lamentablemente, nos acercamos mucho más a convertinos en un Real Madrid otra vez y volver a caer en los mismos errorres que caímos antes de la crisis y que crearán otra crisis. Seguramente, haya otro período de bonanza por el medio en que la gente volverá a dejar el instituto con 17 años para trabajar de peón en la obra (que seguirá construyéndose) y poder comprarse un Seat León preparado. O ganar una Champions. Pero en el fondo, todos sabremos que vivimos en una sociedad, igual que somos de un equipo, con una profunda crisis (y no sólo económica).

Dopaje (II)

Desde que te empezó a gustar este deporte, él siempre estuvo allí. Le admirabas, le idolatrabas. Durante mucho tiempo, tuviste en la pared de tu habitación una foto de él en una de sus muchas hazañas. Cada día, cuando te levantabas, empezabas el día con él, con su ejemplo. Entonces, cuando eras más pequeño, pensabas que con esa mirada de la fotografía te estaba dando fuerza.

Todo el mundo coincidía en qué grande era. Y tú, ¿por qué no lo ibas a pensar? En la televisión, los periódicos, los anuncios, los escaparates, los videojuegos, las películas, las camisestas. En tantos sitios su imagen. Y tú lo admirabas. Y tú querías ser como él. Lo había logrado todo. Había alcanzado tantos premios, había ganado tantas veces.

Pero un día todo el prestigio a su alrededor se vino abajo como un castillo de naipes. Resulta que no lo había conseguido gracias a su esfuerzo. O no sólo. Resulta que había necesitado una ayuda, se había drogado. En su descargo, había declarado que lo había hecho por el espectáculo, por nunca dejar de mejorar, por alcanzar el éxito, por ser el mejor.

Su entrenador, el que le había proporcionado las drogas, dice, en su descargo, que le exigían mucho. Que, en este deporte, como en todo, se trata de ganar, ganar como sea. Que la única manera de conseguirlo era así y que no era el único, que todo este deporte estaba asentado sobre una gran mentira. Y que el espectáculo debería continuar.

Tú ya no eres tan joven. Ya son muchas las desilusiones que tienes en la vida. Todo lo que desde siempre alguna vez admiraste por su pureza, habías dejado de admirarlo. Aquel cantante no era tan comprometido como decía, sólo era fachada para vender más. Ese periódico que siempre leías porque, inocente, pensabas que te estaba diciendo la verdad, está lleno de intereses y defiende a sus amos, sean estos quiénes sean. Por supuesto, ese partido que tú pensabas luchaba por mejorar las condiciones de vida de los pueblos, no es más que una mafia que sólo lucha por mantenerse en el poder. Y ahora, lo único que mantenía cierta pureza, se viene abajo.

Y te das cuenta que sólo es un ejemplo más. Un ejemplo más de un sistema social en el que “todo lo sólido se desvanece en aire”. Cuando todo está basado en lograr llegar arriba para ser el mejor, para tener más. Cuando una sociedad se reproduce a través de acumular mentiras, es díficil pensar que haya algún aspecto de la misma que siga siendo verdadero. ¿El juego debe continuar?