Etiquetado: Migrantes

Racistas

Durante cada uno de los seis primeros meses del año han salido de España una media de casi 12.000 inmigrantes. Es decir que el saldo migratorio entre las salidas y las entradas concluye que más de 70.000 inmigrantes han salido del país, según cifras del INE.

Si nos remontamos a estudiar estos datos desde el comienzo de la crisis, observamos se trata de una tendencia sostenida. Lo que viene a confirmar que el único “efecto llamada” que existe en la inmigración es el mercado laboral. Cuando se crecía a más del 4% del PIB y se creaban puestos de trabajo, especialmente en la construcción, en los que no se exigía formación, llegaban miles de inmigrantes. En la situación actual se van.

Esto no viene más que a decirnos en nuestras asquerosas caras racistas que los inmigrantes vienen a trabajar y a construir la vida digna que no les permitimos que construyan en sus propios países. Por supuesto que hay inmigrantes que delinquen. Lo mismo que hay españoles que lo hacen. La diferencia está en ofrecerles una verdadera igualdad de oportunidades o mandar a la policía a sus guetos. Es decir, que los políticos deben elegir entre construir escuelas o cárceles. Los barrotes mentales que reinan en las frentes peperas evidencian su elección.

Recuerdo a los racistas de Telemadrid, a los racistas del Partido Popular, a los racistas que inoculan ignorancia y miedo desde sus tribunas de la derecha mediática durante la primera legislatura de Zapatero. A esa basura de gente, a esa bazofia intelectual sólo les daría de su propia medicina. Sí, sería una medicina violenta como la que aplican ellos, muy violenta. Pero no utilizaría puños americanos, les condenaría a la miseria, a la ignorancia y al desprecio más absoluto.

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Una luz, una sombra.

Amanece en Trípoli. Un sol líquido se impone en el cielo sobre las nubes prendidas. Jaouad sale de su casa consciente de que no es un día cualquiera. No será un día de esos que pasan delante de él sin pena ni gloria. No será un día de esos que han inundado todos estos años. Un día y otro día y otro día y otro día. Y la vida pasando ante sus ojos sin tocarle. Y la pobreza llamando a su puerta. Y la libertad arañándole las tripas.

No hay mucha gente por su barrio. No ha visto a Jamal fumando ni ha sentido el perfume del horno de pan. Está dispuesto a andar hasta el centro de la ciudad. Ha dejado atrás la mezquita de Al Harathy por Pepsi Cola Road. ¡Llamar a una calle Pepsi Cola! ¡Y luego dice que es socialista! Esos pensamientos le ocupan la cabeza mientras una inquietud creciente se va adueñando de su cuerpo. El mediterráneo está cada vez más cerca y se nota en el aroma de las calles cercanas al puerto y en la presencia de la gente, cada vez mayor.

 

A más de 1.700 kilómetros de distancia se levanta Saib en un Madrid plomizo y gris de febrero. Es un miércoles con un aspecto de lunes inconfundible. Apenas asoma el sol cuando sale de su casa en el barrio de Lavapiés. Su casa por llamarlo de alguna manera porque es un piso de 70 metros cuadrados en el que viven nueve personas. Las calles muestran el trajín habitual del día y de la hora que reflejan los calendarios y los relojes, nadie se sale del guión.

De los bares salen ruidos de informativos matutinos, el tintineo de las cucharillas en las tazas y alguna bocanada de olor a café. Le pesa la vida demasiado para la edad que tiene. Baja al metro, se salta el torno y esquiva la mirada del segurata. Lo que no esquiva es la mirada inquisitorial de un hombre con el ABC bajo el brazo. En los ojos de ese hombre están el desprecio y el odio de los que nunca hablan los periódicos. La violencia que no reflejan las encuestas.

La banalidad del mal (II)

-Ya le has oído al jefe, ¿no? ¡Pon dos cortados!

-Ya, ya.

-Pues ya sabes lo que toca ahora. Extranjero que veamos, extranjero al que pedimos la documentación para comprobar en qué situación se encuentra.

-A cualquier extranjero, ¿no?

-Sí, sí. A todos.

-A los que tengan pintas de extranjeros. A los negros o sudamericanos, ¿no? Porque sino, ya me dirás tú cómo vamos a saberlo.

-Claro, claro. Negros, sudacas y los moros que veamos también.

-El que esté ilegal, le detenemos y al CIE, claro. Y allí a saber…

-Eso ya no es cosa nuestra. Lo que ocurre allí, yo ni lo veo, ni me voy a preocupar de saberlo. Ojos que no ven corazón que no siente.

-Ya, si está claro. Nosotros vamos a hacer nuestro trabajo y les vamos a detener que para eso nos pagan.

-Eso es.

-Pero vamos, con la de hijos de puta que hay por ahí que tengamos que andar haciendo esto…

-Esto también es nuestro trabajo. Con el paro que hay ahora, esa gente en España no hace nada más que delinquir.

-Ya, tienes razón. Aunque bueno, realmente no han delinquido. Bien clarito le acabas de escuchar al jefe, como no tengan su situación en orden, ya sabemos lo que hay.

-Pero que no te comas la cabeza. ¡Joder! Vamos, lo hacemos y punto que para eso estamos.

-Es verdad. De lo malo, malo, contigo y conmigo no les va a pasar nada, pero los que pillen el Óscar y el Márquez… que se preparen. Alguna vez ya han sacudido a alguno.

-Ya estamos. Preocúpate de lo que vamos a hacer tú y yo. ¿Qué sabemos nosotros de lo que van a hacer ellos?

-Por lo que han hecho otras veces decía.

-Otras veces, otras veces. Yo no tengo ni puta idea de cosas de esas.

-Pues yo vi un día que se llevaban a uno de comisaría…

-¡Joder macho! ¿Y qué hacemos nosotros?

-Nada, nada. Si yo no digo nada. Lo de los CIEs también es la hostia. Luego decimos de Guantánamo o sale el Follonero en Arizona en las cárceles aquellas, pero aquí…

-Anda, déjate de Arizona ni hostias. Paga los cafés que nos vamos. Si ya te lo digo yo, ‘Fran’. ¡Que no hay que leer tanto! ¡Que al final te pasas de vueltas! Y la vida no es tan complicada joder.

La banalidad del mal

Hannah ArendtEn 1961 una de la filósofas más importantes del Siglo XX, Hannah Arendt, asistió a los juicios en los que se juzgaba a Adolf Eichmann, uno de los oficiales nazis que había trabajado en los campos de exterminio de judíos. De esos juicios, surgió el libro Eichmann en Jerusalen. En este libro, Arendt desarrolló una de sus ideas fundamentales para entender el nazismo: la banalidad del mal.

Esencialmente, lo que Arendt explicaba, es que para un oficial nazi, así como para la sociedad alemana que vivió durante el nazismo, los campos de exterminio, lugares donde se asesinaba de una manera industrial a personas, no tenían una explicación moral. Es decir, el oficial que solamente tenía que apretar un botón para gasear a cincuenta personas, no era más que una pieza dentro de un sistema mayor que organizaba esos actos de exterminio. Por lo tanto, Eichmann, generaba la distancia suficiente entre él y sus actos (una distancia producida por la “normalidad” de sus actos) como para juzgarlos en términos de bien o mal.

Ahora leamos esto:

“El viernes me querían echar y me fueron a buscar a las seis de la mañana. Me querían echar sin ropa, descalzo. (…)”. “Yo no tengo problema en irme a Ecuador. Me voy… Pero me vinieron a buscar a las cinco de la mañana, como hacen con todos. Te jalan con lo que llevas. No te dejan ni lavarte la cara. Tal y como estas durmiendo, así te llevan. En mi caso en calzoneta y con chanclas”. “Viene siendo lo normal que te golpeen. Yo reclamaba mis pertenencias. (…)“a las tres de la tarde, cuando les dije que si me dejaban llamar a mi mujer para que me trajera la maleta con mis cosas y mi dinero del banco, que yo me iba, ellos me devolvieron.
(…)“A las tres ya estaba en el CIE y llamé a mi mujer para que me trajera mi maleta y mis documentos y mis cosas ya para irme cuando dijeran” “A las seis de la tarde me llamaron por megafonía. Salí al vestíbulo y un policía del CIE (…)me metió en la lavandería donde guardan las mantas y me dijo que esperara allí” “Entonces entró un policía que no es del CIE y me dijo: “Tú fuiste a Barajas” Y yo dije “Si”. Entonces, con calma, se puso unos guantes azules, cerró la puerta y empezó a darme golpes y puñetazos salvajes en la cara, el cuerpo, patadas… yo me doblé, caí al suelo e intenté protegerme y ahí es donde él me partió el brazo de una patada, intentando hacerme un ovillo para protegerme…” “Fue muy rápido, debieron ser cinco minutos”. (…)
Y después: “Tengo 16 días para mandarte de vuelta y te mandaré vivo o muerto”. No entendía nada. Yo no me negué a irme. Pero no de esta manera. Sin nada. Sin mis cosas. Desnudo. Humillado.

Esto es un extracto del informe de la organización CEAR sobre los Centro de

CIE de Aluche, en Madrid. Las ventanas apenas dejan entrar el sol

Intermamiento de Extranjeros. En ellos, concretamente este, de Madrid, se han documentado malos tratos a internos. Las personas que están allí no han cometido ningún crimen. Simplemente, son personas que no tienen la documentación requerida para permanecer en España. Esto, que es una falta administrativa, faculta a la policía para llevarles a estos centros, donde esperan hasta un máximo de 65 días para ser deportados. Son muy recomendables las declaraciones de este policía en el comienzo de este video, que habla sobre uno de los mecanismos de detención de los migrantes, las redadas.

En esos 65 días tienen menos derechos que los presos en las cárceles. Menor acceso a un abogado, menor acceso a un médico, etc. Además, están más expuestos a malos tratos, ya que, primero, por el hecho de ser ilegales tienen menos derechos; y segundo, muchos de ellos son expulsados inmediatamente después de ser maltratados. Las organizaciones que han realizado estos informes son perfectamente fiables. Por ejemplo, CEAR (Comisión Española de Ayuda al Refugiado) es la organización que gestiona a los asilados políticos en España.

La relación entre los campos de exterminio y los CIES no es obvia. Evidentemente, en los CIES no se está exterminando migrantes. Pero el proceso de banalización del mal en algunos de los agentes que realizan los maltratos es el mismo. Se sienten protegidos por un sistema jurídico y legal que genera una impunidad total, y te convierte en una pieza más del mismo, por lo que muchos de tus actos dejan de tener consecuencias morales. Y lo que es peor, nosotros, en nuestra sociedad, hacemos exactamente lo mismo. Sabiendo que existen estos fenómenos, les damos la espalda y no hacemos absolutamente nada para cambiarlo. Estamos banalizando el mal.

Los españoles primero (II)

La noche es cerrada y el viento frío golpea su rostro hasta casi cortarlo. Llega al hogar muy cansado, casi derrotado. Ha concluido otra eterna jornada de trabajo, pensaba que no iba a acabar nunca, pero allí está ella. Le sonríe y se besan. Ella tampoco ha tenido tiempo de parar en todo el día, en la gran ciudad no se acaba de fregar nunca.

Los chicos han cenado y ya están acostados, así que a él apenas le queda un humilde plato para calmar al león que ruge en su estómago. Se miran, conversan, incluso son capaces de reir desde ese hogar con paredes de hojalata. Son jóvenes y tratan de ver la botella medio llena, pero son conscientes de las dificultades. Atrás quedó el largo viaje, en el que pensaron que escapaban de un pasado de miseria para alcanzar un futuro de prosperidad, pero la realidad está hecha de una materia diferente a los sueños. Nadie dijo que fuera a ser fácil y ellos están dispuestos a pasar por encima de los obstáculos más altos jamás imaginados.

Aunque lo más duro son algunos desprecios. No acaban de sentirse integrados a pesar de llevar ya tres años aquí. Sólo tratan con gente de su país que se encuentra en una situación semejante. Las personas de aquí les tratan con desprecio, les miran por encima del hombro, les excluyen en sus barrios inundados de precariedad y pobreza porque aquí, en el Buenos Aires de mediados de los cuarenta, los españoles, obviamente, no son lo primero.

lo que ya no somos

(leer con acento y cadencia argentina)

Para los gitanos, para los moros, para los negros, para los mestizos, para los morenos, para los feos, para los pobres, para los excluidos, para los marginados, para los yonkis, para los chinos: Sarkozy.

Lo que están haciendo ahora mismo en Francia con los gitanos y el apoyo solemne del resto de jefes de gobierno de la UE (empezando por el gran Zapatero) es el mejor símbolo de la decadencia de Europa.

Está claro, Europa lleva cinco siglos inventando el mundo. Nos inventamos el capitalismo, nos inventamos el racismo, nos inventamos el imperialismo, nos inventamos el totalitarismo. Pero claro, esto se compensaba porque también nos inventamos el estado de derecho, el derecho de autodeterminación, la laicidad, el comunismo.

Pues bien, ahora dime a qué nos acercamos más, si a un fascismo de ricos que ven que su casa está rodeada de pobres y sólo quieren que vengan unos matones a echar a los pobres (no a que dejen de ser pobres, sino a que no veamos su pobreza, no vaya a ser que se nos contagie); o a una sociedad inclusiva donde los problemas colectivos se resuelven a través de alcanzar consensos y la distribución justa de los recursos.

jose

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¡Oh ciudad de los gitanos!
La guardia civil se aleja
por un túnel de silencio
mientras las llamas te cercan.

Romance de la Guardia Cívil Española

Romancero Gitano    Federico García Lorca

¿Pero los gitanos no fueron los culpables del hostión de Wall Street de hace dos años? ¿No introdujeron ellos esas políticas ultraliberales –todavía vigentes- que nos llevaron a despeñarnos por el abismo? ¿No fue un patriarca el que dijo que había que reducir el déficit al 3% del PIB pasando por encima del gasto social y de la inversión pública?

No me extraña que les tengan asco. Yo cada vez que sale el gitano ese a anunciar si suben los tipos de interés, me pongo malo.  Empiezan a darle palmas y, acompañado de su guitarrista, lanza su quejío, que es el de todos. No tiene corazón.

Si ellos nos han metido en este atolladero, deberán pagar su culpa. No sé a qué espera el blando de Zapatero. Sarkozy siempre le lleva la delantera. Aunque si realmente queremos solucionar el problema y dejarnos de medias tintas, la solución es Jean-Marie Le Pen: extrema derecha sin ambages. El movimiento político que más crece durante la crisis en Europa. Al parecer tienen la solución para salir de la crisis capitalista: más capitalismo y expulsar al diferente inoculando miedo en la gente. Y para colmo ya no tenemos ese trueno de voz aragonesa que rompía los muros del fascismo. Como diría, sabio, Labordeta: ¡Iros a la mierda! ¡Gilipollas!

Marcos